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Rincón literario

Una Coneja llamada Miyu (Segunda parte)

Si quieres leer la primera parte 

 

 

-Pues sea así -aseveró Adela. - Como todas sabéis mi vida ha sido sencilla y sin muchas inquietudes. Me casé muy joven con mi marido, que en paz descanse.

Beatriz tomó la palabra sin dejar continuar a Adela.

-Miyu, debes saber que Adela es viuda desde hace un año. Un santo, un santo era el sr. Conejo Isidro.

-Bueno-terció Miyu-deja que Adela siga con su relato.

-Como te ha contado Beatriz yo enviudé hace un año, isidro es el padre de todos mi gazapos, los cuales suman diez, además de varios abortos que tuve. Isidro era muy trabajador y hemos llevado una vida feliz y sin sobresalto alguno. Mis gazapos ya son mayores, unos trabajan en los campos de zanahorias y otros estudian la carrera de ingeniero agrónomo, total, que me encuentro muy sola en la madriguera que compartí con Isidro y los gazapos.

-Lo ves-interrumpió Martina-, nada que ocultar.

Miyu miró largamente a Adela y luego se dirigió a ella.

-Si tu vida ha sido tan tranquila y plácida como cuentas, ¿por qué hay ese destello de miedo en tus ojos cuando nombras a Isidro?

Martina volvió a interrumpir.

-¿Qué quieres, buscarle tres pies al conejo?

-Por favor Martina –terció Charo-deja que sea Adela la que conteste.

Adela miro de hito en hito a todas las sras. conejas, y con lágrimas en los ojos susurró.

-¿Cómo lo has sabido, Miyu?

Beatriz levantándose bruscamente preguntó.

-¿Qué tiene que saber Miyu que nosotras no sepamos?

Adela cogió aire, respiró profundamente y empezó a hablar.

-Por favor, hemos dicho que seremos sinceras, pero si me interrumpís a cada paso no voy a tener fuerzas para hablar.

Todas asintieron con la cabeza y Adela prosiguió.

-Lleva razón Miyu, cuando nombro a mi marido,… que en los infiernos esté.

Las sras. conejas se miraron como preguntándose. Adela había perdido la razón. El sr. Conejo Isidro era todo un caballero conejo.

-Sí, sí-prosiguió Adela –. Para vosotras Isidro ha sido un buen padre y un buen marido. Siento tanto decepcionaros, pero llevo este peso en mi corazón mucho tiempo. Isidro bebía mucho licor de zanahoria y cuando eso pasaba perdía los estribos,. Los gazapos,… yo misma… hemos recibido muchas palizas. Nunca conté nada, siempre pensaba que algo malo hacía yo para desencadenar esa violencia.

-Pero Adela… -habló Martina- ¿Cómo no has confiado en nosotras? Somos tus amigas.

-Tenía motivos para pensar que nadie me creería. Pues Isidro tenía muy buena reputación de conejo intachable dentro de la comunidad conejil.

-Eso es cierto, pero…-dijo Charo muy despacio, entre el miedo y el recuerdo –Entonces… La vez que te rompistes la patita…, no fue por saltar más alto de lo debido.

- Efectivamente Charo, y las veces que me tapaba los moratones con maquillaje conejil.

-Todavía me cuesta creerlo-dijo Martina

-Ves como no podia contarlo

Beatriz poniéndose las patitas sobre la cara, susurró:

-Pero amiga has vivido en un infierno, y nosotras envidiándote por el marido que tenías.

- Así son las cosas.

Pero ahora… – interrumpió bruscamente Marina - Ahora quien quiere saber cómo has podido adivinarlo, tú que eres la que acaba de llegar, soy yo- exclamó mirando a Miyu con cierta prepotencia.

-Eso es fácil-contestó Miyu - los ojos son el espejo del alma y los de Adela reflejaban mucho miedo.

Adela miró a todas y siguió su relato:

-Por eso mi vida ya no tiene ningún sentido.Mis hijos que era por lo que seguía viviendo .Para no vivir ese infierno se fueron marchando de la madriguera y quedé sola con Isidro, que de tanto licor de zanahoria enfermo del hígado. Lo cuidé en su enfermedad y en ningún momento llegó a pedirme perdón por lo que consideré  que yo había merecido esa vida.

-Adela, ¡por Dios! -replicó Miyu -, ninguna coneja en el mundo se merece que nadie la pegue. Y eso de que tu vida no tiene sentido, no es verdad, piensa que acabas de nacer y que tienes una vida por delante.

-¿Una vida por delante?-pregunto Adela- Fíjate la edad que tengo.

-Tienes que vivir lo que tengas destinado en el libro de la vida.

-¿Qué libro es ese?-pregunto Lucrecia.

-¿No sabéis lo que es el libro de la vida?.

-No-contestaron todas a coro.

-Pues el libro de la vida-continuó Miyu- es blanco y azul, sus paginas nunca se acaban y allí esta escrito cuando has de nacer y cuando morirás. Ningún miembro de la comunidad conejil puede ni nacer ni morir ni un minuto antes de lo que allí esta escrito.

-¿Y ese libro dónde está?-preguntó Martina con cierta sorna.

-En el paraíso conejil.

-¿Y eso dónde está?-se atrevió a preguntar Beatriz.

-Dentro de cada una de nuestras almas conejiles.

Se hizo un silencio y a los pocos segundos, Martina  volvió a preguntar:

-¿Y como quieres que Adela tenga una vida sin sus gazapos y el mal recuerdo de Isidro?

-Por que ella tiene una vida que ha de vivir para ella. No para sus gazapos a ellos los cuidó e hizo unos de ellos unos conejos de provecho. Ellos tienen su propia vida y ella la suya. Del pasado sólo ha de quedarse con los recuerdos agradables y enterrar todo el miedo y la tristeza de su vida anterior. Donde entierre todo esto pondremos una gran piedra, para que nunca esos crudos recuerdos salgan. Adela, a partir de ahora vivirás para ser feliz, con pequeñas cosas que te gusten, cuidando tu jardín, disfrutando de tus amigas, cocinando.

-¿Cocinar para mi sola?-preguntó Adela.

-Hemos decidido que vas a dedicarte los momentos de felicidad que el cuaderno blanco y azul tenga destinado que has de vivir.

Adela asintió y por primera vez en la tarde su boquita reflejo una sonrisa.

-Como eres tan lista, haber si descubres que encierran mis ojos –retó Beatriz a Miyu.

Esta clavo sus rasgados ojos mirándola dulcemente pregunto

-¿De verdad quieres saberlo?

Beatriz contesto con cierta altanería.

-¿Acaso tienes miedo a no acertar?

Miyu acarició sus orejas con sus patitas y sonriendo habló con voz entrecortada.

Dopaso

Una coneja llamada Miyu (Primera Parte)

 

La tertulia empezaba a la seis de la tarde. Las señoras conejas se preparaban adecuadamente, poniendo mucho esmero en su arreglo personal, cepillaban su piel, las patitas las movían con una gracia especial cuando lavaban sus caritas, orejas y hociquito. La mayoría estaban en esa edad que para una coneja empieza a ser problemática. Pero la tertulia de esta tarde iba a ser especial; había llegado una extranjera y todas tenían gran curiosidad, algunos conejos que la habían visto coincidían en que la extranjera era realmente guapa y exótica. La reunión se componía de las siguientes conejas: Las señoras Martina, Lucrecia, Adela, Rosario (Charo para las amigas) y Beatriz, el alma de las reuniones.

   Daban las seis en punto, cuando todas las tertulianas coincidían  en la puerta de la Casa de Cultura Conejil. Lucrecia fue la primera en preguntar,después de los saludos de rigor.

   -¿Habéis visto a la extranjera? ¿Cómo es? ¿Resulta tan extravagante como comentan? Me han llegado a decir que esta operada para no tener gazapos

¡Lo que es una coneja libre sin perjuicios ni ataduras ¡

  -Bueno- terció Beatriz

  -Eso son habladurías de conejas poco ocupadas

  -Pasemos de una vez -comentó Martina -, dentro de unos minutos saldremos de dudas.

   Pasaron todas hacia dentro, el salón estaba coquetamente arreglado, con cojines por el suelo con el nombre de cada tertuliana, bordado a punto de cruz.

   -¿Cuál va a ser el tema del día? - preguntó Adela.

-Hoy debatiremos sobre lo satisfechas o insatisfechas que estamos de la vida que hemos llevado y que tenemos actualmente- sentenció Beatriz-

Se hizo unos minutos de silencio en la sala, hasta que Lucrecia habló:

-Ha pasado un ángel conejil…

Al momento la puerta de la sala se abrió, dando paso al Sr. Conejo Mariano; que ejercía como conserje de la Casa de Cultura Conejil.

-Pase, pase por aquí Sra. coneja, por favor

Detrás de Mariano apareció la “extranjera”. La cara de las Sras. Conejas era todo un poema, asombro, admiración, envidia…, era una mezcla de todos estos sentimientos.

-Sras.-volvió a hablar Mariano-. Esta sra. coneja que está a mi lado, es el nuevo miembro o miembra de la tertulia. La sra. se llama Miyu y procede de Japón, espero que la traten como se merece - dijo en tono de autoridad con su gorra de plato, que siempre la da.

 

Las sras.conejas estaban mudas, ante ellas estaba una coneja blanca de largas orejas que caían a lo largo de su cabeza, abundante y sedoso pelaje, los ojos rasgados de un negro intenso, los bigotes pintados con rimel azul, las patas delanteras torneadas, sobre su cabecita un lindo sombrero.¡Era toda una belleza!.Nadie rompía el tenso silencio, hasta que la recién llegada saludo con voz cantarina.

-Buenas tardes conejiles, me gustaría mucho conocer vuestros nombres.

-Yo soy Beatriz coordinadora de la tertulia.

-Tanto gusto-contesto Miyu

Así una por una fueron presentándose. Beatriz volvió a tomar la palabra.

-Bueno supongo que deberíamos decir a Miyu de que trata el debate de hoy.

-Si-contesto presurosa charo-Hoy vamos a debatir sobre nuestras propias vidas y lo satisfechas o no que estamos.

-Me parece muy interesante-terció Miyu - Pero es un tema delicado, pues para que resulte hay que ser muy sinceras con nosotras mismas, desnudando nuestros más íntimos sentimientos. ¿Creéis que podéis hacerlo?

Hubo un gran silencio que rompió la impetuosidad de Beatriz.

-Por supuesto; nosotras siempre lo somos, entre nosotras no hay secretos. Esperamos que tú que has vivido más mundo también lo seas.

Miyu entornó los ojos y hablando dulcemente contestó.

-Desde luego que voy a ser sincera, porque yo no tengo nada que perder, sin embargo vosotras tenéis familia y una reputación que guardar.

Martina no la dejó terminar, saltó como si estuviera sentada sobre alfileres.

-Nosotras no tenemos nada que ocultar ni de que avergonzarnos, vienes por primera vez y te atreves a juzgarnos.

La cara de Miyu se entristeció y mirando una a una volvió a hablar.

-Siento mucho haberos ofendido, en ningún momento tuve la intenciòn de molestaros. A veces cuando desnudas tu alma no tienes nada de que avergonzarte pero sí puede servir para echar de ella algunas tristezas guardadas, que nos duelen.

Martina volvió a interrumpirla de nuevo.

-Te repito que no tenemos nada que ocultar, sabemos todo de todas.

Entonces la voz de Adela se oyó en la sala un poco entrecortada.

-Martina por favor a lo mejor si empezamos hablar nos podíamos sorprender de lo que cada una guarda en el fondo de su corazón.

-Esta bien.-contesto Martina- si estás tan dispuesta empieza tu hablar.

 ...

Dopaso

 

Reyerta

En la mitad del barranco
las navajas de Albacete,
bellas de sangre contraria,
relucen como los peces.
Una dura luz de naipe
recorta en el agrio verde,
caballos enfurecidos
y perfiles de jinetes.
En la copa de un olivo
lloran dos viejas mujeres.
El toro de la reyerta
se sube por las paredes.
Ángeles negros traían
pañuelos y agua de nieve.
Ángeles con grandes alas
de navajas de Albacete.
Juan Antonio el de Montilla
rueda muerto la pendiente,
su cuerpo lleno de lirios
y una granada en las sienes.
Ahora monta cruz de fuego,
carretera de la muerte.

         

El juez, con guardia civil,
por los olivares viene.
Sangre resbalada gime
muda canción de serpiente.
Señores guardias civiles:
aquí pasó lo de siempre.
Han muerto cuatro romanos
y cinco cartagineses.

     

La tarde loca de higueras
y de rumores calientes
cae desmayada en los muslos
heridos de los jinetes.
Y ángeles negros volaban
por el aire del poniente.
Ángeles de largas trenzas
y corazones de aceite.

 

                                     Federico García Lorca, 1928

Yo, poeta decadente

Yo, poeta decadente,
español del siglo veinte,
que los toros he elogiado,
y cantado
las golfas y el aguardiente…,
y la noche de Madrid,
y los rincones impuros,
y los vicios más oscuros
de estos bisnietos del Cid:
de tanta canallería
harto estar un poco debo;
ya estoy malo, y ya no bebo
lo que han dicho que bebía.

Porque ya
una cosa es la poesía
y otra cosa lo que está
grabado en el alma mía…

Grabado, lugar común.
Alma, palabra gastada.
Mía… No sabemos nada.
Todo es conforme y según.

 

                                           Manuel Machado

Los hombres que caminan

Aquí un párrafo de un libro precioso que estoy leyendo donde la dulzura y lo hermoso en la escritura es un placer.

 

 

 

 

 

"...No hay límites capaces de contener la desmesura del Sahara. Donde las luces borran e incendia los confines. Donde el espacio y el cielo se devoran eternamente. Su esencia de eternidad vuelve anticuados los periodos. Hay un tiempo para ponerse en marcha. Un tiempo para el dolor, para un encuentro. Un tiempo para la lluvia, para que la tierra vuelva a renacer. El tiempo de una vida...el tiempo es sólo una metáfora de quienes sobreviven. Travesía en la linde de los pensamientos, que los viajes por el desierto agotan; que el fulgor de las palabras y los excesos de la imaginación consumen...."

Los hombres que caminan (malika mokeddem)

 

 

Ángeles!!

Montmartre

Para Laura, porque hoy es su día y porque ya lleva 18 años siendo una de las mejores personas que ha pisado este mundo.  Espero que te guste, aunque esté bastante apresurado porque el proyecto orginal se me bloqueó por completo, pero sino haberte buscado una amiga más constante y menos vaga.

 Te quiero un montón, pequeñaja (lo que significa que tendrás que aguantar mis tirones de orejas muchos años más xD)

Nuria

 

Es una noche invernal en París, aunque nadie podría asegurarlo del todo, encerrado en ese habitáculo infernal, sin ventanas que muestren la luna ni dejen pasar el aire. Él cree intuir, sin embargo, que fuera de esas cuatro paredes se abre una noche luminosa y fría, con ventanas titilantes y copos de nieve fugaces muriendo en el omnipresente Sena, líquida serpiente que deambula mucho más abajo, en lo que aún puede ser llamado un “lugar decente”. Cree intuir, en efecto, pues el mareante embrujo de la prisión noctámbula  que ya ha comenzado a embotarle los sentidos,  deshace sus pensamientos en una maraña de confusión desorientada que se enreda poco a poco entre finos hilos de humo.

Ahí, guarecidos del frío y la nieve, pero expuestos al peligro constante de sus propias pulsiones;  el humo, el calor y los efluvios de alcoholes chispeantes y amargos se hacen los dueños de la noche. El ruido domina también, terrible y constante, demoledor. Donde antes se escuchaba música y los sonidos propios de un local como aquel, ahora martillea contra sus oídos un elixir mortal de instrumentos desafinados, peleas de borrachos, gemidos comprados y sudor de hipocresía y mediocridad.

Él, y su mirada desenfocada de la que se ríe la siempre verde absenta que reposa en su vaso, forma parte ya de ese torbellino, de esa espiral de vicios encadenados que retumban sobre el apacible sueño de durmientes esposas e hijos. Él, aún así, no es uno más de esos bombines con vida, de esos trajes confundidos entre faldas de colores que recordarán con una sonrisa cuando escuchen el domingo el sermón del cura o cuando paseen a sus enjoyados floreros por las tiendas más caras. No, él no tiene a nadie a quien mentir a su llegada, ni siquiera un hogar al que regresar bamboleante y cansado. Él forma parte de ese lugar, que es a su vez, gran parte de lo que  ha llegado a ser, que tampoco es mucho.

Él es esas mesas maltratadas sobre las que habita la ceniza, esos fragmentos de vidrio, pisoteados una y otra vez por la ebria multitud; es esas mujeres que se olvidan de sus sueños cuando cae la noche. Él es todo eso y más.  Él puede distinguir las risas artificiales pintadas de carmín y falso coqueteo de las jóvenes y frescas que alguna vez dejan oír, cuando no deben abandonarse a brazos de extraños y quedan solo ellas, dulces ninfas de Montmartre. Le gusta inmortalizarlas, delicadas, sencillas, antes de verlas transformarse en aves multicolores con rostros enmascarados. Luego danzarán en círculos, como hacen ahora, seducirán al deseo y se fundirán con las primeras luces de la madrugada.

Él, fascinado y aterrado, algunas noches parecidas a ésta abandona su puesto de observador perenne para unirse, sin tener muy claro a qué exactamente. El sudor y el humo son mejores compañeros que las ventanas rotas de una buhardilla desangelada. Las palabras dulces, las caricias perfumadas en lugar de la soledad vacía de una botella rota, se agradecen aunque  haya tenido que deslizar un par de sus escasos billetes para obtenerlas.

Se entregará, pues, al torbellino de forma definitiva, y llegará a olvidarse a sí mimo hasta pertenecer absolutamente a un único sonido desgarrador y silencioso que escapa por la garganta reseca de la noche que se despide de sus adeptos.

Después llegará el sol, y con él la soledad y el frío. De los cuerpos que se arremolinaban en un extraño jolgorio compartido quedan tan sólo almas ausentes, desnudas y atormentadas, heridas por los primeros rayos del alba. La ciudad limpiará su conciencia con el ajetreo de la mañana, y los oscuros trajes y corbatas reanudarán su rutina diaria, su vida. Pero, ¿qué será de los seguidores de la noche, de los espíritus de la oscuridad? Pálidos, vacíos, mordiendo el polvo de la calle, desorientados en un universo ajeno al suyo, sólo les queda, como a él, esperar. Esperar rumiando su soledad, recordando lejanos delirios y contemplando las horas que huyen lentamente.

Cuando el cielo del mundo se apague por completo, Montmartre, el cielo de París, volverá a brillar una noche más.

 

Paranoia

Siento, veo, tiemblo. La oscuridad de mi pasado amenaza la seguridad de mi presente y la brillante incertidumbre de mi futuro. Unos ojos marcados de khol encarnan mi miedo. Solo siento angustia. ¿Durará este ánimo anestesiado para siempre?¿serás capaz, con tu calma y deseo, de borrar las cicatrices de mi vida?. Responde. No puedes. No debes. Mi futuro aguarda y yo me escondo. Cobarde. La vida sigue pasando sin que yo haga nada por intentar atraparla. Odio. Tu me odias tanto como yo me odio a mi misma por huir, escapar de tu presencia, de tu fuerza. De tu poder. No, no quiero. Marchate. Dejame perderme en la dulzura de su aroma. Deja que me abrace fuerte sin saber que abraza a su propia muerte encarnada en mujer. No, solo por esta noche no susurres esas palabras oscuras a su oído. Basta. Sólo un segundo en su pecho será suficiente. Por favor dejame robarle el ultimo suspiro con un beso y sellar mi corazón a fuego con el recuerdo de que nos amamos. Porque lo hicimos, tierna y apasionadamente. A escondidas. Huyendo de mi mundo que nos consideraba extraños y del suyo que solo nos pensaba particulares. Sólo te pido eso, dejame amarle una sola noche más. Mañana podrás matarme si places, por que a tí también te amé. Tanto o más que a cualquiera de los otros que robaron su calor de mis sabanas. Por eso estas en tu derecho. Mátame lentamente sin dejar recuperarme, pero hazlo mañana. Por dios o el demonio, dejame llevarme amor a la tumba....

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SEGUIRÉ LA HISTORIA, AUNQUE CREO QUE ME SUPERA

Me dijeron que el mundo era eterno y por eso mismo decidí ascender esta montaña, para asegurarme de que nunca, nunca, se acababa. Me dijeron que jamás mirara atrás, que nunca intentara volver sobre mis pasos...me advirtieron, incluso, de ciertas voces seductoras que querrían tentarme; de los demonios forjados a fuego vivo en las entrañas de la lejanía, de los precipicios inmensos que se abrirían bajo mis pies sin que nadie pudiera evitarlo.

Me advirtieron de todo eso y yo no pude menos que sonreír y hacer oídos sordos de esa panda de huecos sabihondos: estaba por encima de cualquiera de ellos. Pero, aún así, cuando oí tu voz neblinosa llamarme por primera vez  entre las rocas escarpadas y sentí el extraño impulso de volver mi mirada muchos pasos atrás, comprendí, entre espasmos de terror al recordar las horribles leyendas de las que me había reído, que mi orgullo no sería el mejor acompañante en ese viaje.

Aunque decidiera continuar hacia delante (un paso tras otro, una espiral interminable), mi mente permanecía presa de esa voz que relampagueaba cada noche en la distancia, murmurando mi nombre. Cada día me costaba más caminar, avanzar entre el único eco de mis pasos. Mis piernas comenzaban a vacilar lentamente, a pararse cuando no debían e intentar burlar a mi mente para salirse del camino establecido. Poco a poco, casi sin ser consciente de ello, me iba olvidando hasta del simple hecho de respirar, para dedicar todas mis fuerzas en mantener tu inexistente imagen viva en mi memoria.

 

 

 

Desde aquel momento en que me dí la vuelta, sólo para verte, sólo para avistar entre la neblinosa ladera que yo me disponía a subir esa figura, esa silueta que tú eras, la pendiente de aquella montaña se hizo mucho más pronunciada, y la montaña más alta. Los aludes constantes repiqueteaban mi conciencia  por mezclar en mi pebetero aires de lo divino, a lo que yo aspiraba en mi escalada, y de lo mundano, todo lo que mis ojos vieron cuando giré malditamente mi cuello. La perversión llegaba a ser como el veneno, y se metía dentro de mí, volviéndome loco, dejándome seca la boca de susurrar a mis propios oídos lo que aquella voz, tu voz, me había gritado desde el ardiente infierno.

Y hubo tormenta, y la lluvia constante mojó mis ojos, prohibiéndome alcanzar con la mirada tu voz y la cima de aquella montaña, dejándome estancado, como si el mejor alfarero hubiese hecho de mis botas pesadas tinajas que resbalaban una y otra vez, hundiéndome  en esas arenas traicioneras; y los rayos se me ataron al cuello haciendo de correa, arrastrándome ora aquí ora allá, vapuleándome como a un muñeco. Entonces salían de las rocas desnudas, escritas con mi propia sangre, las palabras que una vez me habían parecido ridículas, advertencias salidas de las conchas de mar, sabias como nadie, y que yo no quise atender, arriesgando mi vida al interminable laberinto de tenerte.

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Un laberinto de alturas, niebla y sinrazones que aún se fue volviendo más confuso cuando la tarde cayó y se apoderó de mi la noche.

Fue entonces cuando de verdad comprendí todas las precauciones que me habían susurrado; entendí sus ojos alucinados cuando me vieron no hacerles caso y seguir hacia la montaña.

No vuelvas la cabeza; y yo ya lo había hecho.

No escuches sus susurros; pero yo los seguía escuchando.

Y ya no había faro ni estrellas que poner en el sextante. Sólo mi cuerpo dolorido de tanta piedra, del dolor a piedras huecas que se revolvían en mis pulmones mientras decía…

¿Decía algo? Tal vez, no sé. La noche es demasiado inmensa para contenerla en un solo recuerdo. Quizás eran tus palabras, tan poderosas que yo las creí mías, y acaso las dije, las recité de rodillas o simplemente me brotaron dentro, como tiernas plantas malignas de flores asombrosas en su veneno.

Sólo recuerdo recuerdo eso, y que seguí ascendiendo pese a todo. Que ya no había caminos ni sendas y los filos de las piedras iban escribiendo en mis piernas. Escribían tu nombre y el color intenso que sólo tienen tus ojos en los atardeceres de verano, cuando el tiempo parecía nunca acabarse y había una brisa delgada y un riachuelo casi sin agua, en mis recuerdos, maldita sea.