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Rincón literario

Advertencia

 

            Ocurre a veces que los libros saltan de las manos y se estrellan sobre el suelo sucio y lleno de colillas de las estaciones del ferrocarril. Nadie en su sano juicio intentaría negarlo, pues es un hecho objetivo y decenas de veces comprobado por la ciencia y la paciencia ejercida ante los retrasos interminables de algunos trenes.

Como mucho, y ya es decir, se podrían argumentar unas manos temblorosas, o un susto, o el rápido relámpago de un recuerdo nefasto que nos desordena el alma. Mas si ninguna de tales excusas se cumple (lo cual es más habitual de lo que podría parecer), y no sopla un vendaval o cruje un pequeño terremoto en donde se acoplan las placas del Pacífico; usted ya puede estar seguro. Fue el libro, y no nosotros, quien realizó la maniobra de caída por su propia y manifiesta voluntad. No hay duda.

            ¿Qué hacer entonces?, se preguntará.

            Ante todo, calma. La histeria vale para muy pocas cosas fuera de la pantalla del cine. Nunca se le ocurra huir despavorido, jamás intente abandonar el libro en la barra sucia, con manchas de cerveza y ceniza, del primer bar que encontremos. Los libros son muy suceptibles a tales cosas y de seguro que tomaría venganza, convirtiéndonos en un personaje de opereta. Así mismo le aconteció a un vendedor de ungüentos que vivía en la calle del Pez que acabó convertido en galán perfido, endomingado y sin escrúpulos que seducía a jóvenes doncellas en los folletines por entregas, allá por el pincipio del siglo.

            Por otra parte, y sin desmentir lo anterior, tampoco deberá confiar en que el libro, tras el golpe recibido contra el suelo, quedará ya quieto. Alguien que así lo pensó perdió las dos primeras falanges de la mano izquierda entre las páginas de repente hambrientas de un Madame Bobary encuadernado en rojo.

            ¿Entonces...?

            Lo dicho, calma. Cogido por el lomo encuadernado, apretarlo con firmeza pero sin odio, y respirar muy tranquilo, como si en verdad no tuviéramos miedo. Después, y a la espera de que inventen una policía verdaderamente eficaz que comprenda nuestra dramática situación, lo más aconsejado por los manuales y las guías que se hacen eco de tales problemas es continuar andando, preferiblemente por un amplio paseo arbolado con losetas rojas y blancas, pisando sólo las primeras. No lo olvide, sólo las blancas, pues aunque el libro fuera daltónico y de nada le valiera el truco, al menos nos quitará de la cabeza el pánico, que no es mala cosa.

            Y así, entre saltito y saltito (la gente le mirará raro, pero a usted no le importe, pues su vida le está yendo en el caso), con naturalidad, cada cinco árboles, por ejemplo, se puede parar sobre el alcornoque y observar el libro como si nos mirásemos si tenemos bien atados los cordones de los zapatos.

Recuerde entonces. Mientras no se comben las esquinas de cartón de la portada hacia fuera, o (y esto es mucho más grave) empiecen a bailar las letras, confundiendo los títulos con las editoriales, no hay problema alguno, y se puede continuar, aunque sin olvidar las precauciones.

Pero si alguno de estos síntomas u otros análogos se produjeran (la lista es interminable, pues en gran medida depende del argumento y los adjetivos del propio libro), si este terrible momento llegara a ocurrir, ay, ¡que Dios le ampare!, está usted casi perdido...

            ¡Qué hace! No corra. ¿No ve que he dicho casi?

Aún le queda una posibilidad. Venga, tranquilícese, buen hombre. Respire hondo, junte los pulgares y...

¿Mejor?

Entonces busque rápidamente en su entorno. Necesitamos un niño. Sí, un niño, de cualquier edad, mejor bajito que alto. ¿Lo encontró? Bien, entonces se ha salvado... por el momento.

            Acérquese a él entonces. Pero... ¡Cuidado! Acérquese con cuidado, por favor, que no sería la primera vez que un encuentro de esta categoría terminara en la tragedia de una frase como:

- Date el piro, tío, o te denuncio por acoso a menores.

Por eso ciudado y tacto; mucha inteligencia emocional y empatía. Dele algunas golosinas, por ejemplo, o cómprele un videojuego de los que tanto les gustan, muy violento. ¿Se ha ganado su confianza ya? Si es así, no tema, la crisis ha empezado a resolverse, pues debe saber que los libros temen a los niños con un miedo recíproco, y a nada se atreverá su ejemplar mientras siga hablando con el menor del último modelo de teléfono móvil provisto con la última tecnología que permite interferir en las emisoras de la policía y los bomberos hasta crear el caos absoluto en la ciudad.

Con el rabillo del ojo, sin embargo, siga usted vigilando mientras le acaricia el pelo sucio al mocoso. Vaya observando si los síntomas remiten (suele ocurrir así), y cuando todo regrese a la normalidad abandone al niño que nos habrá sacado hasta los higadillos en chucherías, dejándonos sin un céntimo. Márchese pero no odie a la personita que nos ha hecho comprarle unas zapatillas de a diez mil, pues estamos en una sociedad de consumo y él sólo ha cobrado (en especie) el precio de salvarnos la vida. No lo olvide: sin él todo habría sucedido sin remedio. De bien nacidos es el ser agradecidos.

            Y dicho esto, continuemos, que aún faltan muchas cosas por concretar.

 

Por ejemplo, tenga cuidado si se encuentra por el camino con otras personas que paseen sus libros, pues se podrían originar peleas entre ellos. En esta ciudad, sin embargo, es difícil que esto ocurra. Como mucho (muchísimo) podría ocurrir que pasara por delante suyo una novela rosa, acompañada de un persona, o un periódico que, en el peor de los casos, no fuera deportivo. Tranquilo entonces, no se preocupe. Nuestro libro, apenas los olisquee unos segundos, los abandonará sin reacción alguna.

            De lo que sí tiene que precaverse es de los charcos. Los libros tienen en determinadas circunstancias aún desconocidas un terrible interés por el agua, por la ceniza de los cigarrillos y el aceite de las latas de sardinas. Así que absténgase tanto de fumar como de comer alimentos grasos por el momento, no estando de más olvidar, hasta que todo haya acabado, el café, sobre todo si es con leche, en barra apretada y con parroquianos groseros o camareros torpes. Puede, sin embargo, hacer de vientre con total seguridad. No tema. En tal ámbito el libro se sentirá seguro, como si fuera su segunda casa.

            Procure, por otra parte, evitar los kioscos. La saturación de fascículos pueden producir estados depresivos en su libro. Si, de todas formas, ya por omisión, ya por pasear por el centro, usted se encontrara delante de uno de ellos, no dude un instante y aplique una terapia de choque, rápidamente, pues el éxito de ésta dependerá de su velocidad de reacción.

Con las dos manos sujetando el libro, ábralo por donde él le deje y escriba entonces en sus márgenes, subraye alguna frase supuestamente ingeniosa, o fírmelo, simplemente. Los efectos duraran unas horas, las suficientes para neutralizar el peligro. El libro se sentirá halagado en su orgullo y creerá con total ingenuidad que usted lo lee, que lo comprende, que le sirve en algo aunque no sea de economía o informática. Déjele soñar en su candidez, pues le durará poco (la verdad siempre termina saliendo a la luz), y aproveche ese tiempo de anestesia para pasar a la fase de resolución del problema, cuanto antes mejor.

 

            Para ello necesitará, en primer lugar, a un buen papanatas. En teoría esto no debería ser esto una tarea imposible: todos tenemos a un amigo que responde (y en grado sumo) a tal apelativo. Si, por un extraño azar, usted fuera uno de los escasísimos mortales que posee la suerte de no tener a uno de ellos entre el círculo de sus conocidos, búsquelo por donde sea, pues, como en el caso del niño, todo su futuro depende de ello.

En su tarea le pueden servir como indicadores algunas aficiones sintomáticas como la de creer que la cultura es aquello que aparece al final de los periódicos y sólo sirve para rellenar crucigramas y ganar concursos televisivos. Puede también frecuentar algunos cafés de postín a eso de las doce, o ciertas y selectas terrazas de verano, mucho más allá de la madrugada. Si fuera posible, intente conocer a algunos (no todos) de los que aparecen con asiduidad en las revistas del corazón, mézclese entre ellos a riesgo de aparecer en una foto y, de paso, si así lo quiere el destino, venda una exclusiva sobre su vida, pero no cuente jamás este problema del libro, pues le tacharán de frívolo, de mentiroso quizás.

Si todo esto no diera resultado pruebe conb esta última medida desesperada: mírese en el espejo del baño, pues tal vez anduvo usted inútilmente, teniendo tan cerca lo que buscaba.

            Cuando por fin (ya con estas tretas, ya con las suyas propias que bien pudiera inventarse) haya encontrado a su hombre, antes de hacer otra cosa, repito, antes de nada, asegúrese de su nivel de conciencia.

Puede usarse para tal fin cualquier tipo de pregunta, aunque las más utilizadas son las de economía. No las de altas finanzas, no se confunda; nunca pregunte a un banquero que en verdad se juega el dinero. No, no se trata de eso. Sería, por decirlo de alguna manera, economía del pueblo, el quiero y no puedo de lo que se oye sin entender demasiado. Verbigracia: ¿nuestra crisis es coyuntural?, ¿es necesario (y viablemente posible) que el euro genera más estabilidad y empleo?, ¿será el verdadero Apocalipsis aquel que se inicie con una subida imparable del petróleo o podrán los seres arcángeles de las energías renovables salvarnos del peligro final?

Si no quiere complicarse la vida, vaya a donde más nos duele, y pregunte sin vacilar. ¿Conoce usted las ventajas que nos reportará Maastricht? Si el interpelado contesta afirmativamente ya no queda duda alguna: es su hombre, pues sólo cabría la remota (casi desechable) probabilidad de que estuviéramos frente a un comisario europeo, atento, por lo demás.

 

            A partir de entonces, la cosa será coser y cantar.

Con el libro bien envuelto en celofán de colores, preséntese en su casa sin avisar. Traiga, además, una botella de whisky que el susodicho agradecerá mucho más que el otro regalo que usted debe cerciorarse que abrirá con desgana, mientras exclama, no sin razón: de este autor no tenía nada, como le ocurre con la mayoría de escritores que alguna vez dijeron algo interesante.

Hecho esto ya estará mucho más cerca de su salvación, pero no se relaje aún. Todavía no. Aunque su interlocutor haya mirado durante unos segundos el volumen, no permita que lo deje encima de la mesa de metacrilato.

En este punto debe usted ser firme. Con educación, pero de forma inflexible, hágale ver el bello efecto que provocaría su regalo junto al Quijote polvoriento; lo bien que haría juego con los apliques negros de los cajones y el sillón de diseño en el que usted ya se duele tan sólo con diez minutos escasos de estar sentado.

            No lo olvide, es ésta la fase concluyente. Cuando la consiga superar (y a veces tendrá que insistir, y rogar, y hacer continuas llamadas al buen gusto de su anfitrión, pudiéndose valer del whisky en su empeño), sólo entonces, podrá usted recobrar la paz de espíritu, el ánimo suficiente para encarar el final de sus trabajos.

No será fácil, no crea, pues necesitará de todas sus buenas reservas de paciencia para aguantar, completa, la colección de vídeos domésticos desde el 85, la conversación a saltos que seguirá sin duda alguna tras ella.

Aún sin altos grados de crueldad (que puede haberla, y debe estar preparado para ello) le harán opinar sobre Madonna, sobre la escasez (¡alarmante!) de pistas de paddel. Puede incluso que le obliguen a analizar con detenimiento las virtudes técnicas e intelectuales de todos los centrocampistas que en el mundo hubo hasta los rincones más perdidos de la Regional Preferente.

Sin embargo, aguante. Aunque parezca excesivo, usted aguante eso y lo que le echen. No se rinda cuando le enseñe sus colecciones de botones de pantalones y chaquetas de famosos. Sólo respire fuerte y siga adelante, con una sonrisa. Diga: por Dios, qué interesante... Si lo hubiera sabido antes. Dígalo con todo el énfasis que aún le quede tras haber pasado revista a la liga de beisbol del 45, a los diez últimos culebrones de la Primera. Aunque se empeñe en contarle sus más íntimos secretos de su alcoba y la de siete hoteles más, no desmaye, por favor, ahora no.

Saque fuerzas de donde pueda, pues su futuro está en juego, y el libro aún nos mirará con odio, esperando el más mínimo desfallecimiento. Es por eso que ha de resistir hasta que su anfitrión recuerde la hora y su necesidad de dormir para mañana muy prontito hacer el footing que aligera el alma y el vientre.

Apretón de manos entonces. Qué velada más agradable. En verdad que sí. Nos telefoneamos. Mañana mismo. Chao. Adiós, querido amigo..., y ya puede usted salir. Puede incluso si quiere mirar al libro que ya nunca le podrá hacer mal alguno, emparedado como está entre las obras completas de los últimos doce Nobeles y una hortera copia en resina de un busto de Beethoven.

            Con la manos en los bolsillos podrá usted, entonces, recorrer las calles (silbando si le place) con una complaciente sonrisa, recordando como un mal sueño todo lo que ya pasó y

 

Nunca. Nunca más volveré a la estúpida tentación de la lectura.

 

Pues ahora lo sabe muy bien, demasiado, y este conocimiento le hará ya reír (pero muy bajito) mientras pasea por la ciudad en plena madrugada, entre la democracia de los botellones.

Vicente

Paisaje de la multitud que vomita

La mujer gorda venía delante               
arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores;
la mujer gorda
que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
La mujer gorda, enemiga de la luna,
corría por las calles y los pisos deshabitados               
y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma
y levantaba las furias de los banquetes de los siglos últimos
y llamaba al demonio del pan por las colinas del cielo barrido               
y filtraba un ansia de luz en las circulaciones subterráneas.
Son los cementerios, lo sé, son los cementerios               
y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena,
son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora               
los que nos empujan en la garganta.

Llegaban los rumores de la selva del vómito               
con las mujeres vacías, con niños de cera caliente,
con árboles fermentados y camareros incansables
que sirven platos de sal bajo las arpas de la saliva.
Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
No es el vómito de los húsares sobre los pechos de la prostituta,
ni el vómito del gato que se tragó una rana por descuido.
Son los muertos que arañan con sus manos de tierra               
las puertas de pedernal donde se pudren nublos y postres.

La mujer gorda venía delante
con las gentes de los barcos, de las tabernas y de los jardines.
El vómito agitaba delicadamente sus tambores               
entre algunas niñas de sangre
que pedían protección a la luna.
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mi!
Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía,               
esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol
y despide barcos increíbles               
por las anémonas de los muelles.
Me defiendo con esta mirada
que mana de las ondas por donde el alba no se atreve,
yo, poeta sin brazos, perdido               
entre la multitud que vomita,
sin caballo efusivo que corte
los espesos musgos de mis sienes.
Pero la mujer gorda seguía delante               
y la gente buscaba las farmacias
donde el amargo trópico se fija.
Sólo cuando izaron la bandera y llegaron los primeros canes
la ciudad entera se agolpó en las barandillas del embarcadero.
              
New York, 29 de diciembre de 1929

 

                            Anochecer en Coney Island , Federico García Lorca

                                                                                                              Elena.

Arte

Él camina entre las luces de los focos, focos que figuran sombras deshilachadas en las paredes; lo hace con miedo, con fuego en el pecho, con las piernas entumecidas del frío del no saber ni qué ni cuándo ni dónde, pero con deseo, con un deseo inconsciente, el mismo que le ha llevado a estar allí, un lugar que de un vistazo parece no ser el suyo, pero que cada vez le resulta más familiar, como si fuera un sueño que ha vivido antes, una inspiración infantil que ahora llega a su fin.

 

Se respira en aquella gran sala salteada de butacas el humo de tabaco especial que distingue a los artistas de los banqueros, un olor a humo que gusta en el paladar y que te lleva a lugares remotos donde pasan cosas maravillosas y que sólo la pluma de un prodigio es capaz de escupir en forma de letras, palabras, frases, un humo que te nubla los ojos, pero no te hace toser, sino viajar, no te martillea la mente, la hace elevarse a lo más alto, donde los sentidos se juntan para dar paso a sensaciones que no pertenecen a este mundo, unas sensaciones de cálido sopor que conducen a un clímax que pocos pueden percibir...él sí sabe de qué se trata, él ha viajado, ha subido entre cielos y mundos, entre nubes y poemas, hasta llegar a lo más profundo.

 

Las mangas rudas de las chaquetas de los hombres que allí están chocan contra él, sin saber sus dueños que ellas hacen todo por impedir el paso del caminante, que hipnotizado por los sonidos que llegan a sus oídos sigue impasible como marinero que escucha el canto de la sirena, aun sabiendo que va directo hacia las rocas. Su paso alterna el convencimiento y la timidez, preso de la contradicción que late en ese instante en sus venas. Éstas, que están a todo palpitar en las sienes, se lían y deslían en el cuerpo caliente como los nervios en el estómago encogido.

 

En su frente se desliza un sudor frío...ladea la cabeza...

 

Por fin le encuentra. Moméntaneamente, como con miedo, lleva su mirada cortada en sangre a la carpeta que lleva entre las manos, disimulando ante el azar. El Grande está allí, subido al tablado, frente a la primera fila de butacas, como si de un momento a otro las fuese a sermonear. A su lado vuelan dos moscones con bigote, pajarita traje y anillo en el dedo, a los que él, por supuesto, no escucha. Ha pensado que solo estarán hablándole a El Grande de dinero, pues tienen pinta de banqueros, y El Grande puede prescindir de ellos, no necesita de sus gordos cuellos ahogados de corbata o de sus relojes que miden sus horas de monedas. El Grande se sirve únicamente de sí mismo, de ver el vuelo de las mariposas, de observar las caídas de sol, de saborear pitillos y amargo café, de escuchar correr el agua de la fuente de un jardín que huele a jazmín y a rosas, y cómo no, de su pluma, fiel aliada y compañera que juguetea entre sus dedos.

 

Él también lleva una pluma...siempre la usa, bueno, no siempre, sólo en los momentos que en su interior emanan como de una mágica fuente vidas y paseos, destinos y rebeliones, viajes y personas que él mismo se imagina y crea. Y es en esos momentos cuando acaricia su pluma y de ella salen todas esas cosas en forma de maravilla, porque, para qué la modestia, él sabe que para sí mismo son maravillas. Y para él sólo esos momentos merecen llamarse momentos, son vida. Lo demás, lo demás sólo son ratos, trozos de tiempo que los relojes de los banqueros pueden medir, pero que a él solo le sirven , por rechazo, para valorar los momentos de verdad.

 

Y él está seguro de que al Grande le ocurre igual...es fácil, él nunca lleva reloj, no le interesa el tiempo, tonto y absurdo, pues con ver cómo sale el sol cada mañana es capaz de guiarse entre el tiempo indefinido, e incluso traspasar esa consciencia e inventarse un tiempo nuevo y distinto.

 

Con todo el esfuerzo de su alma, ésa que ansía llegar hasta El Grande, sube la escalinata de tablas de madera que le lleva al escenario, y las oye crujir a cada una con su propio sonido, como si ellas mismas supieran, y lo comentaran, que están a punto de presenciar la conexión, la suma, la unión entre El Grande y el que camina con zapatos y sonrisa de grande.

 

Las miradas despiadadas de los banqueros le acechan como balas de furia en la niebla mientras el humo se difumina en el rayo de luz del foco, que ahora le calienta la frente, y le hace sudar nuevamente.

 

Con sus manos de escultor se abre paso entre los otros, que le cubren el cielo como si de cuervos negros se tratasen, y él todavía alberga la posibilidad de que El Grande no se haya esfumado, como el humo, por entre los focos, a su castillo de perlas blancas, si no que permanezca ahí, apresado por el destino, aunque sea sólo por un momento, como si las butacas, atentas a su discurso, le pidieran más, y más, y más.

 

Y así es. Allí sigue. De hecho El Grande le ha visto como águila que busca a su presa, ojo avizor percibe el torbellino de redes y destellos que en sus ojos se arremolinan. Le recuerda a algo...hace años...cuando entró en un teatro...y vió lo que decían las butacas, y sintió en sus ojos la misma sensación...Cuánto tiempo ya de eso...Sin pensarlo dos veces El Grande se despide de las butacas con mirada divertida, espanta a los moscones y le encarga a sus caballos que sigan removiendo el espeso ambiente de la sala coceando mientras se dirige hacia él flotando.

 

Su garganta no existe, se ha enredado con su lengua como un cervatillo a una rama, y no sabe respirar, no es capaz de soltar aliento alguno, pues El Grande se acerca. Se estremece...Sí, está claro cuál es la manera de El Grande, ni falta ha hecho el acercarse con súplica, la montaña se ha movido como arena hacia los brazos del que pide.

 

Un cruce de miradas...si todos los que allí están fueran capaces de ver ese cruce de miradas...Es como el chocar de dos espadas, y es entonces cuando las tablas del suelo chirrían para aquietarse, y las butacas callan, y los caballos se amansan...sólo los dos entre tanta gente insulsa; El Grande agachándose para dar de comer a su paloma...las plumas de ambos se saludan como perros y hacen el amor; los ojos con los ojos, las mentes con las mentes, y El Grande abre la boca para entonar la suave melodía que es su discurso, y se acerca a él, e incluso se arrodilla, rindiéndole pleitesía, invirtiendo los roles, pues se trata de lúcidos, de demiurgos, de chamanes capaces de entender los secretos de la existencia, no son como los demás...ellos huyen de lo insustancial, ellos son artistas. Él no cabe en sí cuando llega a comprender...el que hay en frente suya, mirándole, desatando las cuerdas que le oprimen el pecho como de igual a igual...es El Grande...sus plumas vuelven a su lugar.

 

Él le entrega su carpeta, y El Grande la abre. Saca un ejemplar que escribió hace años, sí, lo conoce, se acuerda. Con el cuidado del algodón, abre sus tapas y deja escrito, como fuego en la misma piel de toro, gotas de sabiduría, lacerías de palabras.

 

Un apretón de manos es disimular ante gente corriente, y no está de más, pero es inútil darle más importancia frente a la lucha de titanes que acaban de tener, al sofoco del abrir mucho los ojos, al no me olvides nunca de un grande a otro grande, a un compartir de tesoros escondidos, complicidad...El Grande emprende el vuelo de la gaviota, al mar, de donde procede, y se lleva las espuelas de sus caballos que por placer le siguen.

 

Él abre las tapas, ya tranquilo, como si del abismo hubiera pasado a los elíseos en un instante fugaz, y como si escuchara en vez de voces agrias de puro y whisky un canto de cucos y a la luna meciendo al sol. En su libro está escrito el testigo : ahora te toca a ti ser El Grande.

                                                                                          -- Guille --

Dedicado a los amantes... de las letras

 

El terreno es la página,

límpida y pura.

La  semilla la tinta,

profunda negrura.

El tallo, las líneas:

cauces de hermosura.

Y las letras, hojas:

tiemblan de ternura.

 

Las páginas se abren

a un mundo sin alma.

Generosas, ceden

sus luces al alba.

La tinta florece

en bellas palabras.

Sus males olvida

quien huele su aroma.

 

Arroyos, espejos,

por las líneas flotan

y muestran reflejos

de quien los explora.

¡De cuántos incautos

atrapan miradas!

 

Caudales de amor,

afluentes que fluyen

hasta el corazón,

portando en sus aguas

cariño y traición.

 

La magia...

La razón...

La realidad...

La ensoñación...

 

Mil almas y un Mundo:

La Imaginación.

 

 

Es un poema que escribí hace tiempo. Aunque no lo parezca, los de Ciencias también tenemos sensibilidad...

 

Celia

Más miércoles para la diva

El maquillaje perfecto, como siempre, pero con la polvera bien a mano por si surge algún contratiempo. La larguísima melena entrelazada ese complicado moño sujeto con ciento tres horquillas (ni una más ni una menos) y cubierta por un encantador sombrerito. El corsé en su sitio, afinando la cintura, realzando el pecho, redondeando las caderas. Un elegante vestido y ese larguísimo collar lleno de perlas que relucen resplandecientes al ser tocadas por la luz. La mano derecha (manicura francesa, anillos de oro) sosteniendo delicadamente una copa de jerez. La izquierda (mismo procedimiento que la anterior, un carísimo reloj suizo en la muñeca) tamborileando discretamente sobre la superficie de la mesa. En sus ojos, azules como dos ventanas al mar, brilla esa fuerza que aún conserva, esa pícara mirada que un día deslumbró a miles de personas. Sus pestañas siguen siendo las más largas del mundo, pero se mueven nerviosas de arriba a abajo. Ella entera está nerviosa.

Es la misma sensación que vive una vez cada semana, el sentimiento que la persigue desde poco antes de verle aparecer por la puerta de la cafetería. Según entra, tropezándose con sus propios pies, mirando a todos los lados como si no recordara el camino hacia la misma mesa de todos los miércoles, ella no puede evitar aterrarse, sentirse vulnerable como pocas veces en su vida. Teme que él se de la vuelta y eche a correr en cualquier momento, que se aleje y no vuelva a verle nunca más.  Ella piensa en ese momento que no es muy difícil que se dé cuenta de que las canas afloran rebeldes e inquietas tras el tinte de su pelo, de que los blanquísimos dientes de su sonrisa son falsos, del sombrero pasado de moda, de las molestas arrugas que se multiplican por su piel, de que su vestido huele a naftalina y su cintura ya no es lo que era. En algún momento, revolotean sus pensamientos mientras el joven se  acerca cada vez más a ella, dejará de escucharme para reírse de mis burdos intentos de seducción, de esta máscara de belleza que intento imponerle a un cuerpo lamentablemente anciano y decrépito.

Y eso que fue él quien la encontró, el que quiso entrevistarla, escucharla embobado mientras tomaba notas como loco en su libreta. “Será un gran libro”, la dijo, “usted fue grandiosa…magnífica…”, se paró un momento, embargado por esa emoción que sólo tienen los jóvenes inquietos, “la gente matará por leerlo…la mayor diva de todas…”. Ella se rió, y aún sonreía al recordarlo, una diva, no, no…la más grande de todas, eso es. Puede que hasta fuera cierto, que alguna vez llegara a serlo. Qué demonios, por supuesto que lo fue.

Todos los miércoles, sus ojos brillaban de una forma especial mientras narraba con voz suave y arrulladora cada íntimo secreto, cada entresijo de esa vida de la que ya tan sólo conservaba unos pocos retratos y un montón de enredados y lejanos recuerdos.  Hablaba y hablaba durante horas demasiado cortas sobre su famosa belleza, sus interminables pretendientes, sus papeles estelares. Describía cuidadosamente cada uno de sus delicados vestidos, recitaba de memoria largos parlamentos que aún recordaba vívidamente…y por unos instantes dejaba de ser una anciana pintarrajeada para volver a ser Ella…la actriz de las mil caras, la belleza despampanante, las pestañas más largas del mundo (que al batirlas, se decía, podía hacer que el hombre más fornido se desmayara como una colegiala).  Intentaba recrear con exactitud para su incansable oyente la sensación que le embarga a una cuando pisa un escenario y sientes crujir la madera bajo tus pies durante un instante, un breve instante en el que todas esas personas expectantes te deslumbran más aún que los focos, hasta que ya no eres tú, sino tu personaje, y ya no sientes el suelo de madera ni el calor de la gente en las butacas, sino al teatro, la magia del teatro corriendo por tus venas. Tras la magia vendrían los aplausos, los admiradores, los ramos de flores y más tarde también las cenas de gala, las recepciones oficiales, los titulares de los periódicos y el desconcertante poder de la fama. Saldrían de ahí el alcohol, sus tres matrimonios rotos y los hijos que nunca tuvo. También los cien amantes y las mil joyas con los que trató de acallar las voces que retumbaban en su cabeza, hablando de un vacío que se acumulaba en su pecho y que la impedía respirar.

Pero ella siguió adelante, una diva para todas las catástrofes, la sonrisa por delante siempre y su forma de actuar, que continuó siendo impecable. Al fin y al cabo, era a la que todos los hombres amaban y todas las mujeres envidiaban, la que hacía llorar con un suspiro melancólico  y reír delirantemente con un  simple amago de sonrisa pizpireta.

Sólo cuando descubrió con horror las primeras arrugas, cuando una impresentable cana se atrevió a manchar de blanco sus cabellos, decidió que había llegado la hora de retirarse. Aunque los hombres aún desearan su belleza madura o sus dotes artísticas fueran incluso mejores que antes, se negó a competir con nuevas aspirantes más jóvenes, a permitir que el mundo contemplara como se marchitaba poco a poco. Ella se recluyó lejos de miradas indiscretas en ese hogar en el que aún podía vivir de los recuerdos, hasta que la sociedad se acostumbró a ignorar su ausencia y se rindió ante el encanto de las que la sucedieron.

Después de tantos años de vivir aparcada en el olvido, vieja y sola, como ella misma había forjado su futuro sin saberlo, este joven se había presentado ante su puerta para escribir un libro sobre su juventud, su éxito y su misteriosa desaparición de la vida pública. Ella, al principio reticente, se había rendido ante el ingenuo encanto de aquel muchacho inexperto que la miraba como si aún quedara en ella algo de lo que un día fue.  Cuando se reunían, ella intentaba explicarle que, aunque intentara aparentarlo cada vez que se veían, ya estaba bastante lejos de esa imagen de esplendor, de hermosura sin límites. “Realmente sólo soy una vieja. Fíjate, hasta tú, que dices estar fascinado por mí, has mirado más veces en toda la tarde (y con mucha más fijeza, créeme) a esa estúpida camarera que a mí.” Él se ponía rojo y apartaba la mirada de las piernas de la atractiva camarera. “ Anda que enseñar los tobillos…eso no es propio de una dama, hazme caso. Aunque seguro que no me lo harás y acabarás casado con alguna libertina de piernas largas”. Se reían. Él continuaba tratándola con una cortesía desmesurada y ella disfrutaba con cada uno de sus torpes descuidos, de sus modales impecables.  Cada miércoles rejuvenecía, se trasformaba en otra persona. Cada miércoles regresa al mundo de los vivos. Por eso tiene tanto miedo. A que no vuelva, a que se burle de ella, a que termine su libro antes de lo previsto.

Pero por fin llega hasta su mesa y tropezando de nuevo, la sonríe y se sienta frente a ella.

-          ¿Seguro que no quieres irte?- Le pregunta temblorosa, como todos los miércoles.

Él vuelve a sonreír y besa ceremoniosamente una de sus manos.

-          Lo único que quiero es escuchar a la diva

Y ella no se hace esperar y continúa el relato, mientras sus mejillas se arrebolan y sus ojos (los mismos ojos que enamoraron ejércitos enteros) brillan nuevamente con ese toque pícaro que renace cada miércoles en su mirada y que consigue que, a pesar de todo, vuelva a sentirse viva.

Nuria

Los monstruos de la noche

“Era una noche tranquila y la luna brillaba sobre Manhattan dando a sus edificios una luz casi irreal que embellecía las calles que tantas veces habíamos recorrido juntos. Pero no era aquel el lugar en le que íbamos a pasar la noche, pues mi economía no me permitía más que una pequeña casucha en el barrio más olvidado de la ciudad.

Rachel ese día estaba resplandeciente y su sonrisa tenía una dura lucha por saber cual de las dos iluminaría esa noche nuestro pequeño barrio.

La noche era, hasta el momento, prácticamente perfecta, exceptuando por el hecho de que salíamos como amigos, nada más podría pasar nunca entre nosotros .Pero en el momento en que nos cruzamos con el terrible olor a alcohol de ese anciano, todo cambió. Sus ojos denotaban una ira casi demoníaca que le hizo confundir a mi amiga con su ex-mujer y asestarle una puñalada por la espalda que la arrancó fugazmente la vida.

En ese preciso instante, mientras caía al suelo como muy lentamente, la cogí en brazos, y mis ojos aún no daban crédito a lo que veían: estaba perdiendo a Rachel. Mientras mis brazos, fuertemente apoyados sobre su espalda, se iban cubriendo poco a poco de su sangre, aún caliente, la fuerza y el color desaparecían de su suave piel a cada segundo que pasaba. Tenía un aspecto horrible, pero para mí, en ese preciso instante, era la persona más bella del universo. Poco a poco comenzaba a tiritar y apenas me dio tiempo a taparla con mi chaqueta y darla un beso en sus fríos y dulces labios antes de perderla para siempre.

En ese momento mis entrañas se rasgaron en un grito de dolor y rabia, pues ya nunca llegaría a saber cuánto significaban para mí esos ojos cada mañana en que, al ver el sol traspasando mi ventana pensaba en ella, amándola como la amaría eternamente...”

 

-¡Nick! ¡Nick! ¿Qué te pasa? ¿Por qué gritas? ¿Por qué lloras? Tranquilo, sólo ha sido un sueño...-me dijo mi hermana abrazándome-.

Madre mía, ¡estaba soñando! Todo había sido un mal sueño...Jamás nadie creo que sintiese una felicidad mayor como la que sentí yo en ese momento en que comprendí que Rachel, mi Rachel, estaba viva.

Me volví a dormir, pues apenas eran las cuatro de la mañana, y a la mañana siguiente me di cuenta de que tantas lágrimas, tanto dolor al sentir que mi corazón se iba destrozando poquito a poco, solo podía significar una cosa: estaba perdida y locamente enamorado de Rachel, así que debía dejar mi timidez atrás y decirle todo lo que, desde que la vi por primera vez hace tres años, surcaba mis entrañas cada vez que la veía andar, casi flotar frente a la parada del autobús, algo más parecido a un escalofrío, una alegría inexplicable que a las típicas mariposas en el estómago...

Y, a partir de aquel día, nuestras vidas se cruzaron y no se volvieron a separar jamás, pues cada vez que pienso en aquel sueño, la quiero besar y no separarme nunca más de ella y ese sueño solo pudo significar una cosa: mis monstruos de la noche no podían dejar pasar a una persona como ella, la única persona que puede alumbrar mis tinieblas y alejar de mí a esos horribles seres nocturnos..."

Cris

OTRO REGALO PARA GUILLE

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad, siento más corazones
que arenas en mi pecho dan espuma a mis venas;
y entro en los hospitales, y entro en los algodones,
como en las azucenas.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada,
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñaran aladas de savia sin otoño,
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida;
porque soy como el árbol talado que retoño:
aún tengo la vida

Claro, también de Serrat

Muchas felicidades

Vicente

Una poesía de hace muuuuucho tiempo...

Quisiera ser luna,

para verte desde el cielo.

 

Quisiera ser viento

para acercarme a ti

sigiloso... sutil...

 

Quisiera ser niebla,

para envolverte en mi fina seda.

 

Quisiera ser lluvia,

 para destapar las entrañas de tu ser.

 

Quisiera ser rayo,

para penetrar en ti,

 fugaz, veloz, audaz...

 

Quisiera ser fuego,

 para sentirte y comprenderte.

 

Quisiera sentir para vivir

y vivir para sentir...

 

Quisiera ser desgarro, pasión...

 

Quisiera ser amor

              -Guille-