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Rincón literario

Advertencia

 

            Ocurre a veces que los libros saltan de las manos y se estrellan sobre el suelo sucio y lleno de colillas de las estaciones del ferrocarril. Nadie en su sano juicio intentaría negarlo, pues es un hecho objetivo y decenas de veces comprobado por la ciencia y la paciencia ejercida ante los retrasos interminables de algunos trenes.

Como mucho, y ya es decir, se podrían argumentar unas manos temblorosas, o un susto, o el rápido relámpago de un recuerdo nefasto que nos desordena el alma. Mas si ninguna de tales excusas se cumple (lo cual es más habitual de lo que podría parecer), y no sopla un vendaval o cruje un pequeño terremoto en donde se acoplan las placas del Pacífico; usted ya puede estar seguro. Fue el libro, y no nosotros, quien realizó la maniobra de caída por su propia y manifiesta voluntad. No hay duda.

            ¿Qué hacer entonces?, se preguntará.

            Ante todo, calma. La histeria vale para muy pocas cosas fuera de la pantalla del cine. Nunca se le ocurra huir despavorido, jamás intente abandonar el libro en la barra sucia, con manchas de cerveza y ceniza, del primer bar que encontremos. Los libros son muy suceptibles a tales cosas y de seguro que tomaría venganza, convirtiéndonos en un personaje de opereta. Así mismo le aconteció a un vendedor de ungüentos que vivía en la calle del Pez que acabó convertido en galán perfido, endomingado y sin escrúpulos que seducía a jóvenes doncellas en los folletines por entregas, allá por el pincipio del siglo.

            Por otra parte, y sin desmentir lo anterior, tampoco deberá confiar en que el libro, tras el golpe recibido contra el suelo, quedará ya quieto. Alguien que así lo pensó perdió las dos primeras falanges de la mano izquierda entre las páginas de repente hambrientas de un Madame Bobary encuadernado en rojo.

            ¿Entonces...?

            Lo dicho, calma. Cogido por el lomo encuadernado, apretarlo con firmeza pero sin odio, y respirar muy tranquilo, como si en verdad no tuviéramos miedo. Después, y a la espera de que inventen una policía verdaderamente eficaz que comprenda nuestra dramática situación, lo más aconsejado por los manuales y las guías que se hacen eco de tales problemas es continuar andando, preferiblemente por un amplio paseo arbolado con losetas rojas y blancas, pisando sólo las primeras. No lo olvide, sólo las blancas, pues aunque el libro fuera daltónico y de nada le valiera el truco, al menos nos quitará de la cabeza el pánico, que no es mala cosa.

            Y así, entre saltito y saltito (la gente le mirará raro, pero a usted no le importe, pues su vida le está yendo en el caso), con naturalidad, cada cinco árboles, por ejemplo, se puede parar sobre el alcornoque y observar el libro como si nos mirásemos si tenemos bien atados los cordones de los zapatos.

Recuerde entonces. Mientras no se comben las esquinas de cartón de la portada hacia fuera, o (y esto es mucho más grave) empiecen a bailar las letras, confundiendo los títulos con las editoriales, no hay problema alguno, y se puede continuar, aunque sin olvidar las precauciones.

Pero si alguno de estos síntomas u otros análogos se produjeran (la lista es interminable, pues en gran medida depende del argumento y los adjetivos del propio libro), si este terrible momento llegara a ocurrir, ay, ¡que Dios le ampare!, está usted casi perdido...

            ¡Qué hace! No corra. ¿No ve que he dicho casi?

Aún le queda una posibilidad. Venga, tranquilícese, buen hombre. Respire hondo, junte los pulgares y...

¿Mejor?

Entonces busque rápidamente en su entorno. Necesitamos un niño. Sí, un niño, de cualquier edad, mejor bajito que alto. ¿Lo encontró? Bien, entonces se ha salvado... por el momento.

            Acérquese a él entonces. Pero... ¡Cuidado! Acérquese con cuidado, por favor, que no sería la primera vez que un encuentro de esta categoría terminara en la tragedia de una frase como:

- Date el piro, tío, o te denuncio por acoso a menores.

Por eso ciudado y tacto; mucha inteligencia emocional y empatía. Dele algunas golosinas, por ejemplo, o cómprele un videojuego de los que tanto les gustan, muy violento. ¿Se ha ganado su confianza ya? Si es así, no tema, la crisis ha empezado a resolverse, pues debe saber que los libros temen a los niños con un miedo recíproco, y a nada se atreverá su ejemplar mientras siga hablando con el menor del último modelo de teléfono móvil provisto con la última tecnología que permite interferir en las emisoras de la policía y los bomberos hasta crear el caos absoluto en la ciudad.

Con el rabillo del ojo, sin embargo, siga usted vigilando mientras le acaricia el pelo sucio al mocoso. Vaya observando si los síntomas remiten (suele ocurrir así), y cuando todo regrese a la normalidad abandone al niño que nos habrá sacado hasta los higadillos en chucherías, dejándonos sin un céntimo. Márchese pero no odie a la personita que nos ha hecho comprarle unas zapatillas de a diez mil, pues estamos en una sociedad de consumo y él sólo ha cobrado (en especie) el precio de salvarnos la vida. No lo olvide: sin él todo habría sucedido sin remedio. De bien nacidos es el ser agradecidos.

            Y dicho esto, continuemos, que aún faltan muchas cosas por concretar.

 

Por ejemplo, tenga cuidado si se encuentra por el camino con otras personas que paseen sus libros, pues se podrían originar peleas entre ellos. En esta ciudad, sin embargo, es difícil que esto ocurra. Como mucho (muchísimo) podría ocurrir que pasara por delante suyo una novela rosa, acompañada de un persona, o un periódico que, en el peor de los casos, no fuera deportivo. Tranquilo entonces, no se preocupe. Nuestro libro, apenas los olisquee unos segundos, los abandonará sin reacción alguna.

            De lo que sí tiene que precaverse es de los charcos. Los libros tienen en determinadas circunstancias aún desconocidas un terrible interés por el agua, por la ceniza de los cigarrillos y el aceite de las latas de sardinas. Así que absténgase tanto de fumar como de comer alimentos grasos por el momento, no estando de más olvidar, hasta que todo haya acabado, el café, sobre todo si es con leche, en barra apretada y con parroquianos groseros o camareros torpes. Puede, sin embargo, hacer de vientre con total seguridad. No tema. En tal ámbito el libro se sentirá seguro, como si fuera su segunda casa.

            Procure, por otra parte, evitar los kioscos. La saturación de fascículos pueden producir estados depresivos en su libro. Si, de todas formas, ya por omisión, ya por pasear por el centro, usted se encontrara delante de uno de ellos, no dude un instante y aplique una terapia de choque, rápidamente, pues el éxito de ésta dependerá de su velocidad de reacción.

Con las dos manos sujetando el libro, ábralo por donde él le deje y escriba entonces en sus márgenes, subraye alguna frase supuestamente ingeniosa, o fírmelo, simplemente. Los efectos duraran unas horas, las suficientes para neutralizar el peligro. El libro se sentirá halagado en su orgullo y creerá con total ingenuidad que usted lo lee, que lo comprende, que le sirve en algo aunque no sea de economía o informática. Déjele soñar en su candidez, pues le durará poco (la verdad siempre termina saliendo a la luz), y aproveche ese tiempo de anestesia para pasar a la fase de resolución del problema, cuanto antes mejor.

 

            Para ello necesitará, en primer lugar, a un buen papanatas. En teoría esto no debería ser esto una tarea imposible: todos tenemos a un amigo que responde (y en grado sumo) a tal apelativo. Si, por un extraño azar, usted fuera uno de los escasísimos mortales que posee la suerte de no tener a uno de ellos entre el círculo de sus conocidos, búsquelo por donde sea, pues, como en el caso del niño, todo su futuro depende de ello.

En su tarea le pueden servir como indicadores algunas aficiones sintomáticas como la de creer que la cultura es aquello que aparece al final de los periódicos y sólo sirve para rellenar crucigramas y ganar concursos televisivos. Puede también frecuentar algunos cafés de postín a eso de las doce, o ciertas y selectas terrazas de verano, mucho más allá de la madrugada. Si fuera posible, intente conocer a algunos (no todos) de los que aparecen con asiduidad en las revistas del corazón, mézclese entre ellos a riesgo de aparecer en una foto y, de paso, si así lo quiere el destino, venda una exclusiva sobre su vida, pero no cuente jamás este problema del libro, pues le tacharán de frívolo, de mentiroso quizás.

Si todo esto no diera resultado pruebe conb esta última medida desesperada: mírese en el espejo del baño, pues tal vez anduvo usted inútilmente, teniendo tan cerca lo que buscaba.

            Cuando por fin (ya con estas tretas, ya con las suyas propias que bien pudiera inventarse) haya encontrado a su hombre, antes de hacer otra cosa, repito, antes de nada, asegúrese de su nivel de conciencia.

Puede usarse para tal fin cualquier tipo de pregunta, aunque las más utilizadas son las de economía. No las de altas finanzas, no se confunda; nunca pregunte a un banquero que en verdad se juega el dinero. No, no se trata de eso. Sería, por decirlo de alguna manera, economía del pueblo, el quiero y no puedo de lo que se oye sin entender demasiado. Verbigracia: ¿nuestra crisis es coyuntural?, ¿es necesario (y viablemente posible) que el euro genera más estabilidad y empleo?, ¿será el verdadero Apocalipsis aquel que se inicie con una subida imparable del petróleo o podrán los seres arcángeles de las energías renovables salvarnos del peligro final?

Si no quiere complicarse la vida, vaya a donde más nos duele, y pregunte sin vacilar. ¿Conoce usted las ventajas que nos reportará Maastricht? Si el interpelado contesta afirmativamente ya no queda duda alguna: es su hombre, pues sólo cabría la remota (casi desechable) probabilidad de que estuviéramos frente a un comisario europeo, atento, por lo demás.

 

            A partir de entonces, la cosa será coser y cantar.

Con el libro bien envuelto en celofán de colores, preséntese en su casa sin avisar. Traiga, además, una botella de whisky que el susodicho agradecerá mucho más que el otro regalo que usted debe cerciorarse que abrirá con desgana, mientras exclama, no sin razón: de este autor no tenía nada, como le ocurre con la mayoría de escritores que alguna vez dijeron algo interesante.

Hecho esto ya estará mucho más cerca de su salvación, pero no se relaje aún. Todavía no. Aunque su interlocutor haya mirado durante unos segundos el volumen, no permita que lo deje encima de la mesa de metacrilato.

En este punto debe usted ser firme. Con educación, pero de forma inflexible, hágale ver el bello efecto que provocaría su regalo junto al Quijote polvoriento; lo bien que haría juego con los apliques negros de los cajones y el sillón de diseño en el que usted ya se duele tan sólo con diez minutos escasos de estar sentado.

            No lo olvide, es ésta la fase concluyente. Cuando la consiga superar (y a veces tendrá que insistir, y rogar, y hacer continuas llamadas al buen gusto de su anfitrión, pudiéndose valer del whisky en su empeño), sólo entonces, podrá usted recobrar la paz de espíritu, el ánimo suficiente para encarar el final de sus trabajos.

No será fácil, no crea, pues necesitará de todas sus buenas reservas de paciencia para aguantar, completa, la colección de vídeos domésticos desde el 85, la conversación a saltos que seguirá sin duda alguna tras ella.

Aún sin altos grados de crueldad (que puede haberla, y debe estar preparado para ello) le harán opinar sobre Madonna, sobre la escasez (¡alarmante!) de pistas de paddel. Puede incluso que le obliguen a analizar con detenimiento las virtudes técnicas e intelectuales de todos los centrocampistas que en el mundo hubo hasta los rincones más perdidos de la Regional Preferente.

Sin embargo, aguante. Aunque parezca excesivo, usted aguante eso y lo que le echen. No se rinda cuando le enseñe sus colecciones de botones de pantalones y chaquetas de famosos. Sólo respire fuerte y siga adelante, con una sonrisa. Diga: por Dios, qué interesante... Si lo hubiera sabido antes. Dígalo con todo el énfasis que aún le quede tras haber pasado revista a la liga de beisbol del 45, a los diez últimos culebrones de la Primera. Aunque se empeñe en contarle sus más íntimos secretos de su alcoba y la de siete hoteles más, no desmaye, por favor, ahora no.

Saque fuerzas de donde pueda, pues su futuro está en juego, y el libro aún nos mirará con odio, esperando el más mínimo desfallecimiento. Es por eso que ha de resistir hasta que su anfitrión recuerde la hora y su necesidad de dormir para mañana muy prontito hacer el footing que aligera el alma y el vientre.

Apretón de manos entonces. Qué velada más agradable. En verdad que sí. Nos telefoneamos. Mañana mismo. Chao. Adiós, querido amigo..., y ya puede usted salir. Puede incluso si quiere mirar al libro que ya nunca le podrá hacer mal alguno, emparedado como está entre las obras completas de los últimos doce Nobeles y una hortera copia en resina de un busto de Beethoven.

            Con la manos en los bolsillos podrá usted, entonces, recorrer las calles (silbando si le place) con una complaciente sonrisa, recordando como un mal sueño todo lo que ya pasó y

 

Nunca. Nunca más volveré a la estúpida tentación de la lectura.

 

Pues ahora lo sabe muy bien, demasiado, y este conocimiento le hará ya reír (pero muy bajito) mientras pasea por la ciudad en plena madrugada, entre la democracia de los botellones.

Vicente

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6 comentarios

Vicente -

Me han gustado (y mucho) algunas de las imágenes y metáforas de tu poema, Nuria. Tb me parece interesante el comentario de Guille
Si tengo el perminso de la autoras me encantaría intentar algo que coja estas metáforas en prosa

Guille -

Mola un huevo. Eres un salao. Está chulísimo. Ciertamente a más de uno le valdrá como consuelo...lástima.
Te quedaste con todo el toque cómico eh? por que yo...jajaja...soy incapaz
Un placer nuevamente

Cris Xococrispip!! -

Genial!!
Ha estado entretenido!!Jajaaja
Si, como dijo Nuria,los libros tienen vida propia...Ya lo sabía yo...muajajaj
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Nuria -

Genial, de verdad. El toque irónico, como dice Celia, buenísimo. Si ya sabía yo que los libros tenían vida propia...

Celia -

Estoy de acuerdo con Laura. Me ha encantado desde el principio. Muy original y muy bien narrado. Y muy irónico, o al menos eso me ha parecido, sobre todo esa frase final en cursiva...

Laura -

Fantástico. Me encanta la manera de narrarlo todo, como si fuera un documental, y ese toque de humor.
Pero, por muchos peligros que existan, merece la pena no abandonar a los libros.
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