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Rincón literario

Busca, encuentro

Busca, encuentro

Llevo los ojos abiertos.

No te veo,

estás dentro de la niebla.

Niebla:

con el mirar no la aclaro,

con la mano no la empujo,

con el querer no la mato.

Niebla.

                                      

La mirada ¿para qué?

y la voluntad, inútil.

Llevo los ojos cerrados.

No te veo, ya te siento,

ya te tengo. Mía.

Estás, estoy, a tu lado:

estás dentro de la niebla.

                                                 De seguro azar, Pedro Salinas

                                                                                                   Guille

LA OTRA CASA

Había llegado a las nueve, como todos los días, y tras un breve desayuno, de pie en la cocina, había empezado las tareas.

Tenía el bebé a su lado, mientras comenzaba a cocinar. Los dos mayores corrían de aquí para allá, y a veces venían con llantos de pequeñas querellas sobre tal o cual cosa. Ella les atendía entre cebollas a medio cortar, repartiendo una justicia doméstica que, tras algunas protestas, volvía a restaurar la paz. Luego, regresaba a los pucheros.

 

Aquel día haría cocido. Mientras rebuscaba en la nevera, el bebé se había vuelto a poner a llorar.

- Tiene otra vez fiebre – se dijo tocándole la frente.

Dejó la cocina y llamó al médico.

- Vuelva a darle la medicación y, si puede, mañana mismo lo vuelve a traer – le dijo el doctor.

Colgó y llamó a los chicos. Les encargó que fueran a la farmacia y, entretanto volvían, estuvo meciendo al niño sobre el pecho. Estaba ardiendo.

Tras la pastilla, diluida en leche, el bebé se fue quedando poco a poco dormido. Le dejó en su cuna y miró el reloj. Eran ya los doce, y siguió a toda prisa con el cocido intentando no hacer demasiado ruido para no despertarle.

Sacó la carne en el congelador, le añadió las verduras y los garbanzos. Metió todo en la olla y fue arreglando la mesa, sorteando a sus hijos que jugaban a indios y vaqueros por medio del pasillo.

A la una y media ya tenía todo preparado; en el caldo comenzaban a hervir los fideos como señales de humo en el lejano horizonte. Fue entonces cuando llamaron a la puerta.

- Hola, cariño – le dijo el marido al entrar.

Hubo un beso de circunstancias y el hombre se fue a la habitación para cambiarse.

- La comida ya está – dijo ella tras la puerta, y esquivando los tiros y las flechas del pasillo, llevó la sopa al salón -. ¡A comer todos! – gritó suavemente.

Los niños llegaron corriendo y vestidos de pieles pálidas se sentaron. El mayor llevaba unas plumas en la cabeza que se quitó rápidamente al ver entrar en la habitación a su padre.

- Buenos días, papá – dijeron los dos al unísono, y empezaron a comer todos.

Ya con los garbanzos en los platos, ella le contó lo del bebé.

- Mañana le volveré a llevar – le dijo, y él asintió sin palabras mientras en la televisión comenzaba el telediario.

 

- Me voy a echar un rato – dijo él tras el café.

- ¿Te despierto a alguna hora?

- Ya me pongo yo el despertador.

Y con él en la habitación y los niños entretenidos sobre la alfombra con un juego de construcción, la casa volvió a quedar en silencio. Ella cogió la labor y, mirando la telenovela, fue dejando pasar el tiempo con tristeza. De vez en cuando, el bebé se movía en la cuna y tosía.

A las tres sonó el despertador en el dormitorio. Se oyeron toses cansadas, el lavabo y

- Luego te veo – le dijo el marido desde la puerta.

Ella guardó entonces la labor y recogió la mesa. Los ruidos de los platos despertaron al bebé que empezó a llorar débilmente.

Con él en brazos fue llevando las cosas a la cocina, lavó los platos y los devolvió a sus sitios. Luego fue a la habitación e hizo la cama revuelta por la siesta de su marido.

Los niños, cansados de todo, comenzaban a deambular por la casa sin rumbo, incordiándole mientras recogía las flechas perdidas y una pistola de plástico plateada. Metió también en su caja el juego de construcciones, hizo un hatillo con las ropas del bebé y secó y guardó los platos y la olla.

Luego volvió a diluir una pastilla en la leche y se la dio al bebé que volvía a congestionarse y no quería tomar el biberón. Tuvo que arrullarle para conseguirlo y aún así no consiguió que se tomara todo.

Sin embargo no había más tiempo. Dio una vuelta rápida por la casa comprobando que estaba todo en orden, cogió a los chicos y miró por última vez el reloj.

Ya eran las seis y, cargada de niños y tristeza, salió por la puerta. Bajó la escalera y en el portal se lo encontró.

- Buenas tardes – le dijo.

- Buenas – le contestó el hombre que ni siquiera la dedicó ni una mirada, entretenido en el contenido del buzón. Luego subió la escalera y ella se le quedó mirando.

Cuando le perdió de vista, contó sus pasos sobre los peldaños e imaginó el momento en el que llegaba a la misma puerta que ella acaba de cerrar. Escuchó entonces la llave, cuatro vueltas, el suave crujir de los goznes y volverse a cerrar con un ruido de melancolñia.

 

Cuando todo quedó en silencio volvió a coger a los niños y salió del portal que no volvería a abrir hasta la mañana siguiente, cuando fueran las nueve de la mañana y su vida prestada comenzara de nuevo.

Vicente

SEDA. BARICCO

Este libro mínimo (no llega a100 página) puede ser perfectamente el mejor libro que he leído en los últimos diz años.

La historia, en verdad, importa poco. Es una simple historia de amor. Lo verdaderamente importante es cómo está escrito. Parece que, en vez de un italiano, lo ha hecho un japonés, pues tal es la suavidad de su escritura, la provocación de sutiles sensaciones. Pues en verdad es más importante lo que no dice, pero se siente, que lo que verdaderamente cuenta. Algo verdaderamente increible que, cuando uno ha terminado de leerlo, se pondría de nuevo a hacerlo.

Baricco es uno de los autores italianos actuales de más éxito y, además de este título, merece mucho la pena Sin Sangre, una historia de amor y venganza.

Si alguno se atreve (tampoco es tanto) habréis encontrado el hilo para introduciros en la literatura oriental, muy diferente a la nuestra, sumamente sugerente y delicada

 

Vicente

Por tus 18*

Felicidades pequeño Guille, pasaste de ser un niño de grandes ideas a un poeta adolescente....y ahora sólo espero que con tus 18 te consagres como todo un escritor maduro, hecho y derecho.....que todos esos sueños y proyectos pasen de una libreta en un cajón, a un tomo de pastas duras expuesto en el escaparate de cualquier librería... Y sobre todo, nunca olvides a los que, tengas 18 19 20 o 100 años, estaremos ahí siempre....para admirarte, para quererte....o para reglarte historias....

Estaba esperando.

Permanecía inmóvil en aquella silla desvencijada, embriagada por el aroma del café recién hecho, dejándose llevar por las formas silueteadas del humo que desprendía la taza que había pedido.

Quería un cigarro, lo necesitaba. Buscó apresuradamente la pitillera de plata que le había robado a papá cuando estaba enfermo, y que él nunca reclamó.

Tratando de encenderlo se dio cuenta, del estúpido movimiento incesante de sus manos, que nerviosas, no lograban siquiera crear una llama contundente, sino unas míseras chispas que parecían reírse de ella.

Desistió, y lejos de apartar el cigarro de sus labios, se quedó con él en la boca preguntándose si ese sería el único tacto que recibiría aquella tarde.

No llegaba, el café continuaba llenándose de gente extraña que esbozaba sonrisas y contaba animadamente lo que habían hecho la noche anterior, de gente riéndose y gritando, de camareras agobiadas que se apresuraban con bandejas repletas de café y licor amargo; la bohemia era algo que siempre le había encantado, y  escuchar los ebrios relatos de gente desconocida que tenía como doctrina el gozo y el disfrute la hacía encandilarse aún más con aquella ciudad, con París.

Recordaba la primera vez que la había visitado, siendo niña, en un estúpido viaje que la trajo demasiadas ilusiones rotas así como risas y alegrías; él estaba allí y no se habían dado cuenta de su existencia, pasando inadvertidos el uno para el otro.

Esperar, esperar, esperar. Mirando la caída de las gotas por el cristal, observando como un par de ellas se unían para continuar juntas su camino hacia el vacío.

-Qué estupidez- pensó; cada día que pasaba se volvía más romanticona y odiaba ese aspecto de su personalidad. Siempre se había odiado, pero la debilidad, la jodida debilidad que ostentaba vestida del dramatismo y la comicidad de una película amorosa, era algo que no quería para si, y sin embargo allí estaba, dispuesta a protagonizar una de las escenas o más románticas, o más decadentes de su vida.

Observarse en el espejo de la polvera de nuevo le parecía un signo claro de alteración, la había visto en sus peores condiciones y aún así ella necesitaba simular una imagen perfecta en ese momento…-Las actrices de película siempre salen preciosas en el momento cumbre….No eres una actriz-…

Resoplando, moviendo con gracia el cigarrillo de la boca y la maldita cucharilla del café; aquella escena no parecía del todo cinematográfica cuando le vio en la puerta, mojado y con cara de gilipollas, tratando de entrar tras un grupo de artistas que posiblemente no sabían a quién estaban entorpeciendo. Llevaba al hombro una cartera, como si siguiera siendo un adolescente, probablemente repleta de libros y cuadernos con sus próximos best sellers, de bolígrafos roídos ante la inoportuna ausencia de las Musas, de paquetes de tabaco vacíos, de recuerdos…recuerdos que había ido acumulando de bar en bar, de ciudad en ciudad y de cama en cama.

-Maldita bohemia- pensó irónicamente…-de cama en cama como un estúpido artista, como el estúpido escritor que eres, gilipollas-.

Tenía un cigarro en la boca, encendido. El pelo mojado y los ojos del color azul de…de cualquier azul bonito, ya no podía ni pensar en comparaciones. Todavía llevaba aquel intento de perilla que a ella le encantaba, joder que si le encantaba, la tenía a sus pies.

En cuanto la vio, la echo una mirada de esas que lejos de derretirla la asqueaban.

La volvían irascible y vengativa, porque en el fondo ella sabía que moría por borrarle la sonrisa a mordiscos, por someterle quizá al yugo de un deseo y una pasión inconmensurables que ella misma sentía y detestaba.

Aquel idiota representaba todo lo que ella amaba y despreciaba, un bohemio escritor que conseguiría conquistar a cualquiera y que jamás se ataría a nadie y menos a una chica como ella. Le iba más el ron, las drogas, los amores imposibles…si, lo imposible, y sabía que a ella la tenía en la palma de la mano por mucho que su expresión de enfurruñada aparentara negarlo.

Se sacudió violentamente las piernas a fin de eliminar sin éxito el agua acumulada en los bajos de los vaqueros. Siempre con esas pintas de desaliñado –Joder qué puñeteramente sexy, arggggg-.

Inmediatamente, a su entrada, ella había dejado caer la cucharilla, el cigarro y su entereza, se había vuelto idiota y blanda, a pesar de tratar de esbozar un aire de enfado, que la hacía aún más ridícula de lo que era.

Se encaminó directamente hacia la mesa, y sorprendentemente la gente, parecía quitarse de su camino como si de alguien poderoso de tratara. Era cierto que estábamos hablando de alguien con cierta fama literaria, pero en aquel momento se refería más bien, a un camino libre que la gente había creado a fin de no alargar más una historia acabada en punto y aparte.

Ella sonrió, inevitablemente sonrió, cargándose por completo el escudo protector y el muro de defensa que había levantado –Maldita sea- se repetía…

Se sentó frente a ella, cogió el cigarro que había dejado caer de sus labios y lo colocó en su boca, reemplazando a la colilla humeante que le quedaba. En ese instante ella rió internamente, -Bien… si, ese es el contacto más directo que nuestros labios van a  tener esta tarde-. Sonriendo cual idiota, él ya estaba acostumbrado a contemplarla cuando ella tenía aquellas discusiones existenciales y filosóficas consigo misma, de tal manera que, a menudo, hubiera jurado que sabía perfectamente lo que pensaba.

Se echó hacia atrás con el cigarro ya encendido en la boca, y adoptó la postura desenfadada de siempre, con las piernas abiertas, como dando a conocer lo libre que era…lo libremente sexual que era.

-Hola…¿no?- dijo riendo entre dientes.

-Hola…

Y así pasaron cinco minutos, en silencio; ella se sentía cada vez más idiota ante la incapacidad de decir algo coherente e inteligente a su vez.

Él estaba divertido, presenciando aquel debate interno que ella libraba consigo misma, sabiendo que su silencio significaba nerviosismo, que el nerviosismo era deseo; un deseo que él se moría por utilizar a fin de lucrarse, aún sabiendo que aquello era malo para cualquiera de los dos.

-         Así que…me quieres, no lo entiendo. Creí que tan sólo éramos amigos; que yo hablaba tu contestabas, que tu opinabas y yo respondía, que tu tonteabas yo seguía el juego, yo te lanzaba indirectas y tu las continuabas. Voy a ser directo. ¿Estás enamorada de mí?

-         ¿qué mierda de pregunta es esa?

-         Cuéntame que pasa por tu cabeza pequeña.

En ese momento se astilló el último pedacito de orgullo y dignidad que a ella le restaban; se había lamentado al declararse millones de veces desde la noche anterior, pero no podía concebir que lejos de olvidar el tema, y dar una puñetera respuesta clara, el quisiera indagar en la herida en vez de dejarla curar sola o cerrarla a base de besos.

Cada día estaba más convencida de lo estúpida que era a su lado, de lo estúpida que era en general; siempre enamorada y embobada de los tipos más cabrones y más impasibles.

-         Eres  gilipollas, eso es algo que te he querido decir siempre. Todos los días… eres tremendamente idiota. Lo primero, me has tenido aquí esperando como si fuera una de tus jodidas fans de mierda durante media hora. Lo segundo, te tomas mis sentimientos como si te estuviera contando un chiste negro que quisieras desentrañar a fondo. Lo tercero, no me trates como a una idiota, ayer te dije que te quería. Por enésima vez esta semana, te dije que te quería. Así que si te quedas más a gusto si….Sí, estoy enamorada de ti.

Prepotente y arrogante, dio una calada al cigarrillo; haciéndola esperar, dudar; evitando contestarla o más bien meditando el tiempo que la haría aguardar su respuesta. Ella no podía más, había perdido la calma, las maneras, los estribos, había perdido la dignidad, la tranquilidad que da ocultar ciertos sentimientos, había perdido la posible fuerza que él podía ver en ella. De hecho, estaba perdiendo el tiempo.

Se levantó, cogió el bolso y la chaqueta, y ya de paso, el maldito cigarro que el balanceaba, igual que ella lo había hecho, en sus labios; dispuesta a salir por la puerta de aquel lugar que se había convertido en un escenario de teatro o en una pista de circo. Pero él la detuvo. Y cuando ella creyó que sería el momento del final glorioso sólo oyó…

-         Sabes, me encanta hablar contigo y tontear contigo; pero nunca me había planteado nada más allá de eso.

No lloró, para qué…no tenía ganas, ni siquiera corrió, mantuvo la poquísima compostura que le quedaba para salir a la lluviosa tarde parisina, calándose con el agua que jamás lograría limpiar la mierda que su historia llevaba escrita.

Esa era precisamente la historia que él no había sabido acabar como era debido, la que ni siquiera había gozado de un principio porque él no había tenido el valor de probar a escribir….un género nuevo. Era feliz con su vida tal y como era, y no le apetecía plantearse qué sería  de su camino si lo llevara a cabo junto a ella.

Y ella lo sabía….sabía que para él no era nada más que una amiga, y que ni siquiera iba a considerar la posibilidad de que aquello cambiara.

Sólo le quedaba repetirse a si misma –Lo has hecho, has sido sincera contigo misma- Pero de qué valía la jodida sinceridad si aquella noche iba a acostarse de nuevo estando sola; de qué valía la sinceridad en un mundo en el que ella misma necesitaba mentirse para sobrevivir.

De qué valían las declaraciones de amor, si no te dejaban vivirlo.

Hubiera preferido continuar viviendo con la duda, o quizá no; en aquel momento no podía pensar con ninguna claridad. Le temblaban las manos, la boca, las piernas; trataba de correr por las adoquinadas calles de Montmartre con zapatos de tacón sobre un suelo encharcado.

Aún así siguió corriendo y corriendo. La gente miraba extrañada a aquella chica enloquecida y entristecida, que había decidido salir corriendo lo más lejos posible a fin de huir de si misma y de todo lo que sentía.

Después de una hora corriendo como viento que lleva al diablo, se sentó en un banco de un pequeño parque perdido, dejándose golpear por las duras gotas de lluvia que del cielo caían asemejándose a los puñales de la una realidad que la martirizaba en aquel momento. Estúpida, se sentía estúpida. Había creído que un final de cuento de hadas era posible, de hecho, habría creído que aún corriendo hacia ninguna parte, el estaría tras de ella cuando parara, para agarrarla de la cintura y darla un beso de película.

-No existen los amores de cine, a ver cuándo te entra en la cabeza-. No le entraba, ella lo sabía, no era consciente de que el destino no la tenía preparado finales felices; sino caída tras caída, huída tras huída y amores imposibles seguidos de otros más inverosímiles aún.

Las lágrimas se entremezclaban con el sudor de su frente y el agua de lluvia, a lo lejos podía ver a la gente correr para resguardarse.

Estaba cansada, no solo de recibir un “no” por respuesta, sino de ilusionarse, de que ni siquiera nadie se planteara que podía hacer feliz a otra persona, de que nadie pareciera darse cuenta de que se trataba de una mujer, una chica; una, todavía, adolescente, que buscaba vivir un sueño. Sabía que no pasaba sin más por los corazones de los demás, pero estaba cansada de ser tan solo la amiga, tan solo un teléfono de la esperanza; necesitaba ahora que se dieran cuenta de que podía amar, necesitaba ser amada.

Decidió levantarse de aquel banco, tratando de volver a encarnarse en un ser humano y de abandonar aquella morfología y comportamiento de espectro que adoptaba cuando, por enésima vez consecutiva, las cosas no salían bien.

Se acordó, de los cientos de servilletas que la noche anterior había ido empleando para escribir la declaración de amor más bonita que nadie hubiera pronunciado en la vida, o al menos la más sincera. Se acordó de las tres o cuatro horas que había mirado aquellos papeles, como si esperara a que ellos solos pronunciaran el discurso que llevaban escrito.

Sabía perfectamente que aquellas palabras, eran solo para ella; no se atrevería jamás a decir algo así y mucho menos cuando la probabilidad de éxito era tan ínfima, y mucho menos ahora que ya había perdido.

“- Ahora no me apetece hablarte de amor; no me apetece hablar sobre lo perfecta y feliz que sería tu vida si trataras de unirla a la mía, no me apetece ni siquiera escucharme decir un montón de idioteces de mi boca; ¿sabes?, lo que me apetece es besarte, dejar de mostrar mis sentimientos con sonrisas y miradas y pasar a la acción, dejar de decirte “te quiero” para llevarte a la cama y demostrarte cuan fiero es el amor entre las sábanas, dejar de hablarte de quimeras, fantasías y sueños; para vivir el nuestro.

He tratado por todos los medios de cortar lo que siento de raíz, sabiendo que, no me conduciría a ninguna parte quererte como lo hago. He intentado olvidarte, u olvidar la parte de mi que no puede dejar de pensarte; pero me ha sido en vano.

Me he sentado, y esperado a que esta enfermedad se me pasara; pero, aunque suene estúpido, la única cura supongo que es un beso.

Me he gritado lo estúpida que soy para ver si así reaccionaba y me daba de bruces con la realidad antes de que me la presentaras tú de golpe y porrazo.

Pero no puedo….digamos, pasar de ti, e ignorarte; o más bien no puedo ignorar que…te quiero; he tratado de huir de los pensamientos que nos encierran a ti y a mi en un final de novela….pero no puedo, no puedo pasar, no puedo dejarlo porque, me eres inevitable.

Y estoy, inevitablemente, enamorada de ti.-“

 

Nanas de la cebolla

Me pidió Cris que subiera las Nanas de la cebolla, que  Miguel Hernández  escribió  para su hijo mientras estaba en la cárcel (y de las que, cómo no, también tenemos una versión de Serrat). Quería aprovechar para felicitar a Guille, que cumple 18 añazos y qué mejor forma de  empezar este gran día que con unos versos de su poeta favorito.

Nanas de la cebolla-Miguel Hernández.

 
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan lato,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.

Nuria

LEON FELIPE

Propongo a León Felipe, pero aunque cumplí los 40 y confieso que lo descubrí con Serrat, hoy por hoy quiero aprovechar el tirón de estos chavales, que dicen "Podemos", que proclaman que no se dan por "vencidos", que desde el respeto y la admiración a generaciones pasadas, tienen decidido que este es el momento, y que a partir de ahora porque se ha luchado, nos merecemos ser vencedores.
 

COMO TÚ...
Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas 
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera...
   León Felipe
susn

LA SAETA

Recuerdo perfectamente haber escuchado la voz de Serrat cantando estas palabras en mi antiguo colegio, haberme sobresaltado y emocionado al escuchar "golpe a golpe, verso a verso"...
Aunque Machado y Serrat me conquistaron con la saeta....y eso que no creo en Dios,pero las lágrimas se me saltan solas...
¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía
que echa flores
al jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

Melinda

 

 

Aceituneros

Aceituneros

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,

decidme en el alma, ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma ¿quién

quién amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas

                Poemas sobre el olivar  ,  Miguel Hernández

Y es que no puede dejarse esto aquí escrito sin explicar lo necesario que fue entonces en tan durísimos  momentos avivar las llamas, levantar el puño, mirar al cielo y luchar contra la tormenta que amenazaba con llevarse todo lo que hasta entonces había costado sudor y lágrimas conseguir. Y ahí, cada uno a su forma; así el poeta del frente plasmó toda su fuerza en poemas como estos, y no era la fuerza de un fusil o de una bomba, era la fuerza de su voz, de sus palabras, y allí mismo los recitó, en plena resistencia, arengando a los cientos de campesinos y obreros que, aunque con miedo, se decidieron a dejar su rastro en la historia con el fin de defender lo que en aquel momento, y bastante tiempo adelante, se les iba a privar. Este poeta del frente fue callado para siempre, o al menos así lo creyeron algunos, tan sólo por mostrar a los ojos de los combatientes cuan bello era aquello por lo que luchaban, y cuan felices volverían a ser cuando aquel monstruo diera media vuelta y marchase a otro lado.

                              Guille