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Rincón literario

Ya que estamos con el erotismo...

En una habitacion de cuatro paredes
ahogando el deseo que podría convertirse en energía
hasta destrozar las ventanas en un estallido de placer
tú esquivas las miradas, tú que puedes
y sueltas palabras al aire que forman la melodia
la melodia que hace que enloquezcan los poros de mi piel

Derrochando uno a uno los segundos
sabiendo con inseguridad que llegará el día
el día adecuado para que nuestras mitades se unan en sintonía
la sintonía que hará que tiemble el mundo
con un ritmo acompasado como un tren en su vía
compuesta por dos locos unidos en la lejanía

Y mientras observamos la ignorancia de la gente
que caminan distraídos sin imaginar lo que se siente
cuando estamos enganchados uno al otro frente a frente
deseando que la magia se convierta en nuestra suerte
deseando vivir juntos en una libertad permanente
comiendonos la boca al ritmo que marque la corriente...

Marian

El camino de la vida

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.

Nunca persequí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse...

Nunca perseguí la gloria.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...

Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Cuando el jilguero no puede cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso

                   Cantares  ,  Antonio Machado

Este es uno de mis poemas favoritos...es...la vida

Tenéis dos versiones muy bonitas cantadas, la de Serrat (la más bonita) y la de Paco Ibáñez ( la junta con Proverbios )

Alberti, una lucha continua por la vida

Las tierras, las tierras, las tierras de España,
las grandes, las solas, desiertas llanuras.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
al sol y a la luna.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

A corazón suenan, resuenan, resuenan
las tierras de España, en las herraduras.
Galopa, jinete del pueblo,
caballo cuatralbo,
caballo de espuma.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar!

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;
que es nadie la muerte si va en tu montura.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
que la tierra es tuya.

¡A galopar,
a galopar,
hasta enterrarlos en el mar

 

                              A Galopar ,  Rafael Alberti

CUENTO TERRIBLE DE VERANO

No sé, tal vez sea muy bestia. Lo escribí el año pasado, bajo un calor sofocante y el más absoluto tedio

 

El móvil continuaba encima de la mesa.

Sin siquiera cogerlo miró su pantalla. Vio su callada presencia y aún esperó unos minutos con la mirada fija en las letras inmóviles, como grabadas a cuchillo sobre la luminosidad pequeña y muerta de su corazón desangrado. Lo apagó sin deseo, encendió las luces y se asomó a la terraza.

Era verano y en el bloque de enfrente seguía aquella habitación iluminada. Por un instante ella le quiso imaginar, saber del escenario de su primera infidelidad. Hizo un esfuerzo y (quiso) ver una mesa de estudio llena de libros, muchos papeles sobre la mesa y una música callada que salía por la ventana como el olor de un guiso delicado, rápidamente desbastado por la brisa.

Un estudiante, pensó, y mientras lo hacía desabrochó el primer botón de la camisa, demorando el movimiento hasta que los gestos se le parecieran a un sueño. Soñó entonces que desabrochaba otro.

 

A contraluz, en la madrugada, ella se quitó la camisa y mientras caía se apagó la luz de enfrente, como una señal, un faro para navegantes solitarios de la ciudad en los peligros del verano. Se desabrochó el sujetador.

Como una ninfa entre las plantas se sintió observada. Usada y sucia. Por un momento quiso volver a entrar, pero la imagen del móvil en su memoria se lo impidió. El mensaje que aún mantenía grabado aunque ya no hiciera falta le disipaba todas las sospechas sobre las tardanzas de su marido, y el botón de la falda cedió.

Enfrente (supuso) hubo un jadeo y, mientras la tela resbala por sus piernas, una mano torpe en la casa vecina pasó bajo la mesa, aferrada al hierro del deseo.

 

Le quedaban las bragas y un inmenso odio que se confundía ya con la tristeza del calor sin término. Eran negras, de un negro muerto como aguas quietas, estancadas por demasiado tiempo en las marismas sin futuro.

Si tal vez..., quiso pensar, aunque bien sabía que ya nada serviría, y sólo aquella ventana apagada en el bloque cercano, los gemidos de un cuerpo joven que comienza a despertar, ardiendo entre el aire estancado. Sólo por él lo hizo, como un último acto de amor y venganza: enredada en sus sentimientos contradictorios metió sus manos en los lados del elástico.

 

Y quedó desnuda, más oscura que nunca. Fue sólo un instante, pero de veras sintió en la distancia unas manos torpes que la acariciaban. Sintió su pulso y la piel reaccionó, florecida por el suave velo de un sudor frío que la hizo radiante en la madrugada. Como una aparición.

 

Fue entonces un fantasma de carne y hueso oloroso a jazmín que, de pronto, se acercó a la barandilla y sin que apenas me diera tiempo de levantarme se lanzó al vacío de la noche miserable.

 

Yo sólo pude oír el golpe de su cuerpo contra el asfalto, y sólo mucho tiempo más tarde las primeras sirenas que me anunciaban que mi primer gran amor ya sólo podría ser un recuerdo asociado para siempre con el calor sin término de los veranos de esta ciudad maldita.

Vicente

A LA INMENSA MAYORÍA. BLAS DE OTERO

Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos su versos.

Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
a donde el aire no apestase a muerto.

Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.

¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.

Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y uno.

Blas de Otero. Pido la paz y la palabra

 

Este poema yo lo descubrí cuando tenía 17 años (hace ya unos pocos) y empezaba a preocuparme por lo que me rodeaba. Creo que hoy todavía puede ser un canto de libertad y paz; creo que aún nos hacen falta personas que rompan sus versos cuando vean las injusticias del mundo. Espero que os guste.

Cayetana

MÁS NERUDA. POEMA 20

Ya que Cris me ha pisado el libro no quiero dejar pasar la oportunidad y poner el poema que me marcó cuando tenía vuestra edad. Quizás es que tiendo a la melancolía, o acaso es que yo pasaba un momento muy parecido al de Neruda cuando lo escribió. Lo cierto es que me lo llegué a aprender de memoria y cuántas noches, bajo los mismos árboles, lo recité con la garganta oprimida. Desde entonces, el abandono, la ruptura las relaciono con este poema sin poder remediarlo

Poema 20

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche esta estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Neruda (Veinte Poemas de Amor y una canción desesperada)

Vicente

Veinte poemas de amor y una canción desesperada

Hoy quería hablar de un poeta que, a pesar de que no leo mucha poesía, por recomendación de Amor me empecé a leer este libro suyo y ya no pude parar...El libro trata de veinte poemas que Neruda escribió cuando aún era bastante joven y que trata de amor, única y exclusivamente de amor, un sentimiento común a todos, aunque no queramos aceptarlos y que, hasta al menos enamoradizo le hacen recordar esos amores de juventud...Aquí os dejo el quinto poema, un poema que tuve que leer muchas veces porque me encantó y que cada vez que leo...no sé no tengo palabras para describir la calidad literaria que nos demuestra aquí Neruda:

 

 

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.


Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.


Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.


Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.


Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

 
Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.


Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas como quiero que me oigas.
El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban
Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

 
Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.


Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas

Pablo Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada

                                                                                                                                                                                                                 

Cris

 

 

Infantes de Luna...

Infantes de Luna...

Veinte niños permanecían inmóviles ante la figura de autoridad que allí se les presentaba; con cara de estupefactos, algunos atemorizados; unos cuantos renacuajos mocosos e inocentes sentían, no por primera vez, que habían hecho algo de lo que indudablemente se arrepentirían.

-¡¿Quién ha sido?!....No lo repetiré más veces…¿quién ha sido? ¿ quién le ha tirado la piedra?- gritó la directora del centro.

Ante la falta de respuesta, el anterior clima de amabilidad y dulzura se difuminó, dando pasó al aura de terror reflejada en las caras de aquellos críos.

-¿Quién demonios ha roto la  maldita luna de una pedrada??? Idiotas, insensatos, cobardes; con siete años y ya maniobrando y malgastando vuestro tiempo en estupideces….Noooo quién iba a pensar que nos cargaríamos la luna….qué más da! diréis….sois una panda de inconscientes mal nacidos…no me extraña que vuestros padres os aban…-

-María, María…déjalo, son sólo unos críos, ya verás como se arregla de verdad; y no sigas por ese camino,  ¿sabes? No se merecen que les recuerdes esas cosas…- Mariela, presurosa, intervino rápidamente antes de que aquello se convirtiera en llantos y gritos; siempre con esa voz dulce y armoniosa, que la convertía en una perfecta profesora de música, animando a los pequeños chavales con cancioncillas infantiles que les hacían olvidar el lugar en el que se encontraban, aquel orfanato cochambroso, aquel lugar dejado de la mano de Dios en el que las sonrisas siempre tenían un deje de amargura. Los árboles rodeaban aquel lugar, creando una barrera que protegiera a los pequeñajos de la vulgaridad, del desorden, del gentío de las ciudades, y de los dedos inquisidores que, apuntándoles, les designaban como “abandonados”, “muertos de hambre”, “desamparados”.

Situado en la colina del Monte Perdido, aquel rescoldo de vida se erguía entre las sombras de un paraje olvidado, permanentemente asediado por la lluvia, el frío y la lejanía de la civilización; cómo si de otro mundo se tratara.

Si bien, algo que provocaba cierto encanto en aquel paisaje, era la luz; una luz no clara ni tampoco mortecina, sino lunar; quizá espectral, que lejos de asustar a los niños, les envolvía en un halo de fantasía y misterio, de cuento de aventuras protagonizadas por magos y brujas ; las montañas, herederas de una inmensa colosalidad, se alzaban majestuosas creando una muralla, llevando a la máxima expresión de la naturaleza dejándose recorrer por el pequeño riachuelo que refrescaba las tardes de verano.

No se podía decir que los niños gozasen de una tremenda felicidad, porque aquel lugar era un símbolo que les marcaría de por vida, una estampa que indicaba que jamás habían recibido el cariño y el amor de unos padres que nunca estuvieron.

La dulzura sin embargo, la picaresca de aquellas caritas risueñas, no se la podía llevar ni la más dura de las tragedias.

En aquel instante todos ellos estaban paralizados, con el pelo revuelto por el viento que jugaba a huracanarse a modo de tormenta cada vez que una bronca caía, con las manos agarradas a su espalda, con los rostros mirando al suelo… a aquellos pedazos de luna que ahí permanecían….brillantes…sinuosos….fantasmagóricos….perlados….Cada uno de los niños quedaba embobado con alguna cualidad de ellos, incluso había quien, susurrante, decía que eran igualitos a las lágrimas de un ángel…

-Chist….chist….Carlos ….Carlosss- Susurró Josete.

Carlitos, con la cara roja como un tomate ( y cierto deje de culpabilidad en aquella Mirada), se giró hacia su amigo y respondió.

-Qué? Qué quieres??-.

-¿Por qué lo has hecho?- preguntó Josete con un aire inquisidor.-Nos la vamos a cargar por tu culpa, verás, nos van a dejar sin postre precisamente hoy, que había natillas de chocolate….so tonto…que eres un tonto...-

-Déjame en paz, jamás lo entenderías…-

Y es así, quizá nadie jamás lo entendería, quizá nadie entendería el motivo por el cual había decidido coger una piedra y  quebrar la luna en mil pedacitos; supuso que los adultos pensarían que era una chiquillada de cuidado, y que sus amigos creerían que era un idiota, pero no podía dejar de pensar en ella.

Todos los domingos acudían a la Iglesia, supuestamente para confesarse; aunque más bien se dedicaban a corretear entre los bancos mientras los curas les reprendían en el nombre de Dios. A veces incluso trataban de robar el vino de la Eucaristía…

Carlos siempre escuchaba como embobado a aquel coro que hacía resonar el Aleluya hasta en sus entrañas, y temblaba cada vez que aquella risueña niña le sonreía al terminar de cantar; y se convertía en un flan cada vez que aquella pequeña se le acercaba.

La última vez el la confesó tímidamente que le gustaba, y Carlitos creyó no haber tenido jamás los mofletes tan rojos como aquella mañana, las palmas de las manos tan sudorosas y los pies tan danzantes y nerviosos cuando ella, entre susurros, le dijo que le daría un beso si le conseguía la luna….

-¿La luna???!!!- Gritó Carlitos…lo que le ganó las reprimendas de los sacerdotes que por ahí paseaban.-La luna es enorme, no puedo traerte la luna Clarita…no podría con ella, pesa mucho, y además que no cabría debajo de la cama, y aunque si lo hiciera, se verían los rayitos salir de debajo del colchón y María la tirana me dejaría sin postre durante semanas por ello….y…

-Calla- interrumpió Clara- Vale vale la luna entera no, pero….y un trocito???-

A Carlos se le cayó el alma a los pies, sabía que si lo conseguía tendría un beso de Clara en sus labios, pero y si no, quién sabía si quiera si ella volvería a hablarle cuando supiera que no había logrado rescatar un pedacito lunar para ella.

Por eso, en aquel momento, el aferraba aquel extraño espejito entre sus manos, agachando la cabeza como los demás compañeros, pero con una ligera sonrisilla en la boca….sabiendo que aquel domingo, la sonrisa sería remplazada por los dulces labios de Clarita……

 

Fin

Melinda