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Rincón literario

Ceniza y humo siempre fueron dos

humo...

ceniza..         

se cuela por las rendijas de mi vida amontonándose en ceniza

      me amarga el sabor de un cigarro que no acaba, me quema el dolor de una llama que nunca me supo encender

      se extiende en mi el cancer de una droga a la que sucumbo sin remedio

                  me aplaudo...y la ceniza vuela, se hace humo, y huye por las rendijas de mi vida, la veo pasar...humo...

                  (pesimismos no , gracias)

 (por qué?)

 (saca esa sonrisa tan bonita que tienes, y escríbela...continúa)

 (por qué? qué te pasa? que pasa con el pesimismo y la tristeza...son parte de todo)

 (pero no siempre...continúa, cojones)

 (ayer x la noxe si....o en tu pueblo, y sigues sin decirme por qué)

el humo llena mis pulmones         

(té...)

y huye alejándose de mi

      mientras una sonrisa se dibuja en mis labios

      sin saber por qué

exhalo el último aliento en un suspiro

      y el humo sigue saliendo de mi

mis dos pulmones...me gusta abrir la boca y dejar escapar la palabra dos enredada en ese humo)

dos pájaros, dos cerezas, dos ojos que mirar, dos sexos, dos montañas, dos jirnes de pelo que caen sobre dos caras...

dos...

...dos segundos, dos palabras, dos idiotas, dos amantes....dos mentiras: una dicha y otra callada, dos labios que no supieron hablar........dos oídos que no supieron escuchar...

      dos manos entrelazadas

      que un día se tuvieron que soltar

      dos palabras siempre pensadas : Nunca Jamás

dos gotas de rocío que caen sobre dos pechos...dos manos que los acarician, dos sensaciones, dos miradas...

dos...humo y ceniza...pasado y futuro...dos..

dos vasos...dos licores distintos...dos sabores en dos labios...dos lenguas...

el humo ha huído....siempre resta la ceniza

lástima que ella, entre risas quiera echar a volar

aplaudo?

no, dos manos que aplauden se la llevan

pero dos ojos buscan en ella dos ideas pasadas...sin saber que dos grilletes las sujetan...

dos clavos en dos manos atravesadas en dos maderos...es el mismo camino...siempre...dos veces

pero se van

(y cómo se van)

(como se van?)

huyendo...

como dos traviesos peces que tocan dos pieles

por dos caminos

dos insensatos que buscan su yo y su yo

dos yos

(¿dos?)

sí, dos, siempre hay dos

siempre fueron dos...

y nunca hubo más

no hubo aire que llevara la ceniza

xin arrastrar con ella el humo

no hubo gota de agua que continuara sola su camino

no hubo hora solitaria en la madrugada

siempre hubo dos

dos horas muertas delante del fuego

dos flores prendidas de un cabello negro

dos ojos verdes que lloraban de alegría

dos portazos el de entrada.....y el de salida....

(portazos?)   toc toc...esto se acaba

dos manos escribiendo, dos mentes planeando, dos anhelos de madrugada...se abre la puerta

dos ojos llorando, dos mentes desvariando, dos almas alejadas....se cierra la puerta

dos...risa y llanto...placer y sufrimiento...lo divino, y lo de más allá...lo ilógico y lo aún más ilógico

causalidad y casualidad

ceniza

y humo

              Noche, un día cualquiera, a las dos de la madrugada, margot y el que fuma

                              Melinda & Guille

Preguntas eternas

Sigo desinspirada, pero me da pena tener esto abandonado, así que os dejo un cuento que escribí hace tres años para un concurso del cole. Espero haber mejorado un poco desde entonces xD

Besitos,

 Nuria

Preguntas eternas

Podría haber sido un día como cualquier otro, pero mientras sentía cómo los primeros rayos de sol de la mañana se posaban sobre su rostro y  empezaba a notar el bullicio propio de la gran ciudad recién despertada, Pierre Verlinden supo que él, al contrario que todos aquellos ojerosos transeúntes que comenzaban a poblar las frías calles parisinas, no se iba a levantar. No era consciente de por qué lo sabía, pero estaba totalmente seguro de que, como a  muchos otros antes que a él, le había llegado la hora de abandonar el mundo. Y, en un último instante antes de abrirse paso en las desconocidas fauces de la muerte, pensó que era bastante irónico que en el mismo momento en el que la mayoría de la gente comenzaba un nuevo día, él tuviera que entregarse a una noche eterna.

 

Justo entonces notó cómo su cuerpo se hacía añicos y se dividía en fragmentos microscópicos, inundados por una profunda oscuridad que se adueñaba de todo. Algunos de esos fragmentos volvieron a unirse limpiamente, quedando los demás sepultados en la nada, lo que le hizo sentirse muy ligero, y liberado y diferente de sí mismo, como si, de repente, se hubiera transformado en otra persona distinta. Sin saber dónde estaba ni lo que le estaba ocurriendo, tuvo la total e ilógica certeza de que ya había pasado por eso, a la vez que millares de recuerdos sin sentido alguno se iban adueñando de él.

 

Después de flotar en las tinieblas durante un tiempo incontable, comenzó a caer vertiginosamente, dirigiéndose hacia una luz lejana que cada vez se agrandaba más, deslumbrándole hasta casi hacerle perder la consciencia, mientras esos recuerdos difusos se aclaraban cada vez más, tanto que poco antes de que la caída finalizara, sabía que no era un hombre, que no se llamaba Pierre Verlinden y que no era, ni mucho menos, la primera vez que visitaba ese lugar.

 

Cayó bruscamente sobre un suelo frío y duro, lo que debería haberle causado un gran dolor, y, sin embargo, no lo hizo. Cuando consiguió acostumbrarse a la intensa y cegadora luz, se incorporó y miró a su alrededor, descubriendo un lugar totalmente conocido para él. Se encontraba en una especie de palacio gigantesco, de un material parecido al cristal, sin ningún tipo de adorno y con amplios espacios sólo llenos por la gran cantidad de seres que lo habitaban.

 

Sabía dónde estaba porque su vida había comenzado allí, en una época demasiado lejana como para poder acordarse precisamente. La luz parecía salir de todas partes y, a la vez, de ninguna; chocaba contra las paredes transparentes, produciendo un auténtico espectáculo de bellísimos colores inapreciables para el ser humano. Era el Palacio de las Almas, un lugar donde no existía el tiempo ni el espacio, donde todas las almas habían sido creadas. Ellas habían sido los primeros seres creados por la Gran Luz; eran muy inteligentes y no conocían el mal, el dolor ni el sufrimiento; pero tampoco el amor ni la bondad.

 

Eran seres delicados y casi incorpóreos, en cuyos interiores se acumulaba una gran cantidad de sentimientos, pensamientos y emociones que luchaban por salir a la luz, sin éxito, ya que , al no necesitar alimento ni compañía alguna para subsistir, vivían encerradas en sus superdotadas mentes, sin apenas contacto con el exterior. Pero la  Gran Luz les había encontrado una utilidad. Después que a ellas creó a los seres humanos, en algún planeta perdido dentro de un Universo paralelo al suyo, quienes eran mucho más imperfectos que las almas. Podían relacionarse entre ellos y compartir sus emociones, pero sus cerebros estaban muy poco desarrollados; poseían unos cuerpos completamente sólidos, pero necesitaban cubrir ciertas necesidades para evitar enfermedades y mantenerlos con vida, cosa que las almas no necesitaban, y padecían dolor y sufrimiento. La vida de los seres humanos no era eterna como la de las almas, sino que al cabo de unos años sus cuerpos se desgastaban, lo que les ocasionaba la muerte. Ese era el alto precio que tenían que pagar por sus cuerpos sólidos.

 

La Gran Luz decidió complementar a las almas con los seres humanos para llenar las vidas de ambas criaturas. Al principio pensó que a cada alma podía corresponderle un ser humano, para enriquecer así su cerebro casi vacío, pero la vida de los seres humanos era más corta que la de las almas y podían multiplicarse, al contrario que estas, lo que hacía que existieran muchos más humanos que almas. La Gran Luz les había concedido un espacio de tiempo bastante amplio para vivir, tanto ellos como sus descendientes; pasado ese tiempo, los humanos se extinguirían. Sabía exactamente cuántos años tenían para vivir en ese planeta y cuántos seres lo habitarían; así que decidió que a cada alma le corresponderían varios humanos, de distintas épocas y distintos lugares de ese planeta al que llamaban Tierra. Las almas seguirían viviendo en el Palacio hasta que recibieran la orden de trasladarse a la Sala Principal, desde donde viajaban hasta la Tierra a ocupar el cuerpo que les hubiera sido designado. Cuando se asentaban en ese cuerpo iban olvidando gradualmente, durante los primeros meses de vida del ser humano, todos los recuerdos que conservaban, que quedaban enterrados en lo más oculto de sus mentes.

 

La misión de cada alma era intentar racionalizar al individuo, hacerle buscar la sabiduría y reprimir sus más bajos instintos. Sin embargo, no era fácil imponerse a los humanos, y pocos lograban dominarlos por completo, ya que oponían mucha resistencia, lo que hacía que las almas  se acostumbraran pronto a quedar relegadas a un segundo plano. Aun así, ellas siempre estaban allí, como una vocecilla interior que aparecía en los momentos de duda o equivocación para recordar lo que se debía hacer o para reprender al individuo cuando obraba mal, a la que los humanos llamaban conciencia.

 

También se encargaban de ir guardando sus recuerdos, aunque muchos se perdieran con el tiempo. A veces, el alma recordaba algo de una de sus otras vidas o de sus estancias en el Palacio de las Almas, lo que hacía que el individuo experimentara una sensación conocida como déjà vu, o, en algunos casos, que le sirviera de inspiración para inventar historias fantásticas o incluso como base para una religión.

 

Se decía que el alma iba madurando con la experiencia, y que, cuantos más cuerpos hubiera ocupado, mejor los controlaba; por eso, los primeros humanos de los que se ocupara serían más irracionales y rebeldes que los siguientes, que serían mucho más equilibrados.

 

Al morir el humano, el alma regresaba a su lugar de origen, donde permanecía hasta que sintiera que se reclamaba su presencia en otro cuerpo. El tiempo era un factor que no se tenía en cuenta, por lo que un alma podía establecerse en un individuo del siglo XIX, y, más tarde, en otro del siglo V a.C., por ejemplo. Ninguna recordaba con exactitud el momento en el que fueron creadas ni cuando se les comenzó a designar para completar los toscos cerebros humanos, pero, una imprecisa información, que aparecía en sus mentes como si alguien la hubiera adherido allí, les aseguraba que la Gran Luz había prometido que, cuando ya no quedaran humanos y su mundo fuera destruido, recompensaría a las almas que les hubieran controlado mejor, las que hubieran conseguido guiarlos hacia la sabiduría y la bondad y negarles toda clase de malos actos. Estas tendrían el honor de viajar junto a ella por todos los rincones del Universo, mientras que las que no lo hubiesen logrado permanecerían en la Ciudad de las Almas, sumidas en una apatía eterna.

 

Al haber regresado una vez más al Palacio, todos los recuerdos que había poseído el alma que acababa de ocupar el cuerpo de Pierre Verlinden, habían vuelto a ella como si acabara de despertarse de un largo sueño. Ante ella pasaba una sucesión de imágenes desordenadas de todas las personas que había creído ser, y de las cuales tan solo había constituido una parte; personas a las que había enseñado y de las que había recibido conocimientos de su mundo, sus épocas y sus costumbres, lo que le produjo un ligero mareo.

 

Después de haber asimilado toda esa información, se deslizó lentamente hasta una sala del palacio a la que, recordó, solía acudir a menudo en otras épocas, a reflexionar con tranquilidad. Durante el recorrido, no pudo dejar de pensar en los cuerpos en los que se había establecido. Con los primeros le había ocurrido lo que a todos, fueron muy inestables; algunos hasta crueles y odiosos. Luego consiguió formar una especie de equilibrio entre el humano y ella, creando personas mucho más estables, a las que transmitió su curiosidad y ansia por conocer nuevas cosas.

 

Pero, las últimas personas a las que había poseído se habían vuelto cada vez más tristes y melancólicas, cada vez más desengañadas por la vida. Todas ellas habían creído que, al morir, podrían dar respuesta a esas eternas preguntas: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿por qué existimos?... En teoría, ella debería saber responderlas, pero últimamente no estaba segura. Continuamente le atormentaban cuestiones que, pese a tener muchos más conocimientos que los humanos, no sabía resolver con exactitud; ¿de verdad ellas eran solo un simple capricho de una diosa aburrida a la que debían servir de entretenimiento?, ¿podían esperar el premio o el castigo de la Gran Luz, o seguirían poseyendo humanos para toda la eternidad?, y quizás la más peliaguda, ¿existía realmente la Gran Luz?

 

Se sentía mal al poner en duda su existencia, pero, al igual que el resto de las almas, no recordaba haberla visto nunca; lo único que sabía de ella era por esa información aparentemente programada en su cerebro, que le había hecho venerarla desde lo que podía acordarse. Y es que el alma temía cada vez más que todo fuese mentira y que las estuvieran engañando, obligándolas a obedecer las órdenes de alguien inexistente, durante toda la eternidad. La eternidad… quizás una de las pocas cosas a las que tenía miedo. Un miedo que había contagiado a todos los humanos que le habían correspondido. Recordó a Pierre Verlinden, quien nunca le tuvo miedo a la muerte, pero cuyo incesante temor a la eternidad le hizo enloquecer hasta extremos insospechados. Verlinden había caído en la cuenta de que todo era eterno; pues, aunque murieras, después vendría algo más, aunque fuera la nada, a lo que le sucedería otra cosa y otra, sin fin alguno. Esto le había obsesionado terriblemente, hasta que perdió el interés por la vida, pasando sus últimos días como un alma en pena, esperando a la muerte, a la que culpaba de tardar mucho.

 

Estaba muy harta de completar cerebros humanos, creando seres melancólicos e infelices, tan parecidos a ella. Envidaba a aquellos humanos a los que la muerte les asustaba y ansiaban vivir eternamente, pues ella estaba demasiado cansada de eso, y de buena gana les habría cambiado el puesto. Se acercó a uno de los amplios ventanales, elevando su mirada hacia el Lugar Sagrado, una especie de montaña en la que se habían excavado unos finos escalones que conducían a un templo de forma ovalada, que la coronaba. Allí se suponía que vivía la Gran Luz, un lugar en el que ningún alma había entrado jamás. No tenía ninguna valla o puerta que impidiera el acceso, solo los cientos de escalones, pero ninguna se había atrevido a subirlos para ver quién había dentro; unas por miedo, otras por respeto, y otras, la gran mayoría, simplemente ni se lo habían planteado.

 

Ahora, el alma observaba el gran templo dorado con más curiosidad que nunca y un gran fervor por satisfacer sus dudas. Estaba segura de que allí tenía que haber alguien, quizás el mismo que había construido el Lugar Sagrado. Quizás no fuese un ser superior, pero estaba segura de que sabía más que ella. La idea de subir la montaña y entrar en el templo se le antojaba una locura, y, a la vez, lo más cuerdo que podía hacer.

 

Sin apenas pensarlo, se encontró deslizándose hacia la salida del Palacio, esquivando a las miles de despreocupadas almas que se cruzaban en su camino. Atravesó las grandes puertas cristalinas, permanentemente abiertas que separaban el Palacio de un inmenso jardín por el que algunas almas vagaban. Comenzó a adentrarse por un bosque de extraños árboles sin nombre, que centelleaban a su paso; de vez en cuando, debía deslizarse sobre estanques plateados, habitados por diversas criaturas, tan bellas que era difícil mirarlas durante mucho tiempo sin perder el sentido, las cuales emitían una especie de canto monótono e interminable, que se adueñaba de sus pensamientos, haciéndole perder el rumbo en algunas ocasiones. Finalmente, consiguió llegar al pie de la montaña, todavía embobada por el canto de las criaturas acuáticas que la recordaban a las sirenas de los cuentos que, en alguna de sus otras vidas, siendo una niña soñadora e inquieta, había leído.

 

Mientras comenzaba a ascender por los interminables escalones, sus pensamientos y preocupaciones regresaron a ella, volviendo a quedar sumergida en un mar de dudas. Estaba asustada, como nunca lo había estado, por lo que podría encontrarse arriba, y las posibles respuestas que quizás no la satisficieran como esperaba. Comprendió entonces a todas esas almas que habían preferido encerrarse en lo cotidiano, escogiendo la forma más cómoda para no tener que pensar ni preocuparse demasiado, a las que no les importaba lo que sucediera en un futuro indeterminado, obligándose a sí mismas a pensar que todo lo que veían y sentían era perfectamente normal. La subida comenzó a hacerse cada vez más empinada, mientras que árboles y arbustos eran sustituidos por afiladas rocas transparentes en las que veía reflejado su translúcido intento de cuerpo.

 

Cada vez le quedaba menos por subir. Una parte de sí misma quería correr hacía el templo, y mirar dentro lo antes posible; mientras que había otra que desearía no haberse acercado nunca a la montaña. Pero necesitaba llegar allí; no podía seguir viviendo sin saber para qué ni por qué, sin saber si en lo que había creído siempre era verdad o pura ficción…

 

Llegó a la cúspide de la montaña antes de lo que había esperado. Las rocas cristalinas dejaron paso a un majestuoso templo dorado, de forma ovalada, desde el que se podía ver el Palacio de las Almas, emitiendo reflejos luminosos, y el gran y extraño jardín que acababa de cruzar. Sintió que los nervios la consumían. Si hubiera sido humana, probablemente le temblarían las rodillas y el corazón le estaría latiendo como si quisiera salírsele del pecho; pero, en su caso, la luz que emitía comenzó a parpadear inquietamente.

 

Una enorme puerta, también ovalada, se abría ante ella, para dejar paso a más escalones, esta vez dorados, cuyo fin no se veía. Vaciló ligeramente antes de pasar por la puerta, pero su curiosidad pudo con ella y la atravesó lentamente, mirando a todos lados, como si alguien fuera a salir de cualquier parte a abalanzarse sobre ella. Mientras se deslizaba por los escalones, se fijó en las paredes, que se encontraban cubiertas por esculturas doradas representando paisajes y escenas que no supo reconocer.

 

Fue subiendo los escalones uno a uno, a un paso temeroso, deseando llegar pronto y, a la vez, no terminar la subida nunca. Entonces, comenzó a ver el final de la larga escalera, que conducía a una gran sala. Según la poca información que tenía sobre la Gran Luz, allí era donde se encontraba el trono en el que se sentaba eternamente, desde donde veía todo lo que ocurría en su Universo y en el de los humanos. Fuera lo que fuera lo que hubiera en esa sala, el alma estaba segura de que allí se encontraban las respuestas que buscaba. Esto hizo que el miedo se viera sustituido por emoción, y que su curiosidad aumentara aún más, con lo que comenzó a acelerar ansiosamente, sin darse cuenta ni de lo que hacía.

 

Mientras terminaba de subir el último escalón no pudo evitar pensar que el fin de su vida era llegar a esa sala. Solo un arco la separaba de la verdad, arco que cruzó sin mirar, debido a su estado de nerviosismo. Y lo que vio la dejó anonadada. Una sala inmensa se extendía ante ella. Estaba llena de adornos dorados con incrustaciones compuestas por extraños minerales de colores inciertos. Unas delicadas ventanas, de las que colgaban unas cortinas transparentes, mostraban unos paisajes muy parecidos a los de las esculturas de las paredes de la escalinata, paisajes que también estaban reproducidos en las paredes de las sala. La habitación parecía estar iluminada por una luz dorada, que salía del trono situado en el centro de la estancia.

 

El alma se acercó al trono. Lo miró por todas partes, desde todos sus ángulos. Después se deslizó, más inquieta aún que antes, por la habitación, inspeccionando cada rincón, gritando sin ser escuchada y sintiendo que todo en ella se desvanecía, que nada había tenido sentido, ni lo tendría nunca. El trono se encontraba vacío, al igual que el resto de la sala. La Gran Luz no estaba, ni ella ni ningún otro ser; por mucho que la buscara y la llamara, supo que no había nadie. Nadie que la reconfortara, ni que respondiera  a sus preguntas. Porque se encontraba sola, en medio de una fastuosidad sin sentido, y no existía solución para sus dudas.

De perdidos al vicio....

Hay flores en mi jardín. Mariposas vuelan alrededor de tu lengua silbante. Hay humo en mis pulmones.

Hay duendes en mi pecho, juegan a susurrarle a mi corazón palabras de odio y amor.

Hay ácido en mis venas.

Hay luces en mis ojos, bailando al ritmo del trigo y la cebada. Hay cocaína en mi nariz.

Hay música en mis pies; vibrante, dulce, solemne, almibarada. Hay alcohol en mi boca.

 

Hay fieras acechándome, pretenden desgajar mis músculos y tendones en hebras y filigranas. Hay gente en mi vida.

Hay heridas en mis manos, sangre en mis pupilas, moratones en mi alma. Hay trabajo que hacer.

Hay cadenas que me ahogan, que quiebran mis huesos en mil monumentos al dolor. Hay amor en mi camino.

Hay dudas perpetrándome, hay filosofías que me estigmatizan, saberes que nunca sabré. Hay cultura en mis dominios.

 

Y dime tú, qué hay de malo en las drogas; el mundo real es tan fantasmagórico, el mundo real es tan inerte, el mundo real es tan asesino.

Prefiero vivir entre paraísos imaginados por mi nariz, entre cuentos escritos por mis venas, entre bailes saboreados en mi boca; más que morir intentando vivir en una realidad que no tiene el encanto de aquello que dura unas horas.

Lo siento, soy una figura danzante en el mundo de mil sustancias, y eso me evade hasta crearme y me levanta antes de caer a la vida.

Si hay dogmas de fé, ¡oh Señor! , yo creo en tu sangre.

Si hay leyes de moral, ¡oh Justicia! , yo creo en la justa cantidad para no morir.

Si hay sistemas que seguir, ¡oh Estado! , yo creo en la cárcel de la droga.Si hay culturas que aprender, ¡oh Sabiduría! , yo sé del alcohol, el amor y el vicio.

Margot

Vacaciones y demases

En teoría yo iba a escribir algo bonito para despedirme, pero ya sabéis, vaguería y falta de inspiración juntas, como siempre.

En fin, que lo que iba a decir es que me voy a Francia hasta el día 15, con lo cuál dejaré esto abandonado. Siempre es posible que ciertas almas caritativas sigan subiendo cosas (pero no sé, porque creo que también se van de vacaciones más o menos en las mismas fechas), de todas formas podéis mandarme lo que queráis, pero no lo publicaré hasta que vuelva.

Muchos besitos y que os lo paséis muy bien

Nuria

Un cigarrillo

Un cigarrillo.

Nuestro amor es como un cigarrillo.

El fuego lo enciende, y lo mantiene vivo...

Se eleva sobre nuestras cabezas como una bandada de pájaros hambrientos, pájaros que pían, como el humo...

Todos ven nuestro amor circulando por el cielo, entre las nubes, como el humo...

Pero, a cada calada, a cada empujón, a cada impulso de amor, nuestro cigarrillo se va gastando, se va consumiendo entre nuestros dedos sin que apenas podamos hacer nada por recuperarlo, sólo seguir fumando, seguir amando, atados a lo que acaba...

Es así, no tienes más vuelta de hoja...el fuego nos hace vivir...pero a la vez nos mata.

Es una línea de tiempo que, aunque oculte a veces su fin, se acaba...siempre termina acabándose...como un cigarrillo.

Los recuerdos permanecen quietos, impasibles ante este paso del tiempo, rápido, e imposible de esquivar, voraz, y quedan como la ceniza que espera en el cenicero, apartada del presente, pero siempre ahí, no se mueve...sólo alguna traviesa brizna de aire amenaza con llevarse todo aquello de lo que nos hemos servido. Pero, por mucho que corramos, hacia delante, hacia atrás, es una vida, es un cofre lleno de recuerdos, de estrellas, que, por mucho que pase, no se borran. Al menos así lo quiero... y así lo intento, y así lo veo,...en el espejo...te veo ahí, con un grito ahogado de no querer que los años pasen sobre nuestras manos, deseando que todo siga como es, que nada cambie, pero con la seguridad atenazante de que las arrugas las surcan poco a poco como barquichuelas lo hacen por el mar.

Y jugamos, explorando los secretos de nuestros nombres, removiendo con soplidos las estrellas...porque realmente es sobre ellas donde nos juntamos y nos unimos en un solo eco, en un eco de amor, con la inconsciencia de este correr del reloj, reloj asesino.

Déjalo, estás fumando mucho...

                                               Guille

EL PRIMER DÍA DE PRIMAVERA (Helicóptero)

 

         Resultaba ingrávido, allí, suspendido en medio del azul atardecido de una de las primeras tardes de primavera.

         Frágil y diminuto, zumbando como un insecto por los techos viejos de la ciudad; un punto en el cielo, tras los árboles que retoñaban con sus hojas de un verde tan puro que parecían inciertas.

 

         El sol calentaba despacio y era ya pasado el mediodía, con las casas y los hombres sorprendidos por aquella brisa cálida en la que planeaba, haciendo amplios círculos, el helicóptero.

         Su zumbar, lejano por el viento, se metía en las casas de repente con las ventanas abiertas como si apeteciera meter el nuevo soplo de vida que traía aquel mes de marzo y sus primeros insectos aún ateridos por el frío pasado.

         Cantaban los niños, entretanto. Por recodos impensables llegaba la luz nueva que hacía relumbrar a las cosas y silbar a los escasos peatones que iban camino a casa, pensando, sin saber muy bien cómo, en que aquella noche harían el amor con un cuidado extremo, inventándolo de nuevo.

         Pues hacía calor, por fin, y brotaban las primeras flores en las ramas de los almendros mientras que aquel helicóptero se iba acercando cerrando sus círculos y un gato se relamía con gusto sobre la horquilla del árbol, acaso mirando los pájaros que rebrotaban como si fueran hojas en aquella cuidad tan hostil del invierno, mitad asfalto, mitad hielo.

 

         Y entonces, sin otro aviso, dos grandes cohetes salieron propulsados del aparato. La explosión fue enorme, terrible, partiendo por su propia base la primavera.

         Entonces, sólo quedó el humo.

Vicente

A new dawn (Un nuevo amanecer)

Han pasado tantos años. Vivimos tantos momentos juntos...

En la penumbra del salón, sentada sobre su sofá de cuero negro, soy capaz de recordarlo. Recuerdo cada caricia, cada beso, cada abrazo, cada mirada, cada palabra pero también cada discusión, cada portazo, cada desinterés. Le recuerdo a él como si me estuviese viendo a mi misma en el espejo. Tan perfecto, tan inalcanzable, tan jodidamente divino. El sueño de muchas adolescentes y, hasta hace poco, el mío.

En la oscuridad del salón me pregunto, también, si hubiese llegado hasta donde estaba sin su ayuda.

¿Por qué permitió que ella interfiriese en nuestra relación? Todo iba bien hasta que ella llegó. Éramos la pareja perfecta, todos nuestros amigos nos envidiaban, jodidamente divino, ésa es la palabra.  Llegó ella y nos cubrió de estúpidos sueños. Llegó ella y separó nuestros lazos. Llegó ella y él se desvaneció para mí. ¿En qué momento el amor se convirtió en odio? ¿Cuando dejaste de parecerme perfecto para convertirte en una sombra? Quizá solo ella lo sepa.

Miro a mi alrededor y ¿qué es lo que veo? Todo lleno de recuerdos, todo son cosas suyas que en otro tiempo fueron nuestros. Debería haber sabido leer entre líneas antes de firmar el contrato, antes entregarle mi corazón, ahora roto. Porque le necesitaba, sin él era incapaz de vivir, incapaz de respirar; pero él nunca estaba cuando realmente le necesitaba. Sinceramente nunca hemos estado lo suficientemente cerca. Sus palabras solían enterrarme de todo lo que era y digo era porque él me ha cambiado. Me hizo a su imagen y semejanza, mi adorado Frankestein. En ocasiones, llegábamos a pensar lo mismo y yo solo hacía las cosas que le agradaban. Para mí era como mi dios.

Ahora nada se llevará este dolor que siento, tengo el corazón totalmente destrozado. Ni siquiera él sería capaz de volver a armar el puzzle y dejarlo intacto. Ya no.

Hasta ahora todo lo que compartíamos era un colchón, una mentira y nuestra dirección pero, en este momento, ya no le necesito.

Suena una llave y abre la puerta de casa despacio. No dice nada, pero no hay nada que decir. Se acerca a mí, deja su sudadera preferida sobre el sofá y besa mi mejilla. Un beso que pesa, dulce pero áspero, sobre mi rostro. Enciende la luz y me pregunta que porqué estoy a oscuras. No contesto y finge su estúpida sonrisa. No lo soporto. ‘Hipócrita’ quiero gritarle pero no soy capaz.

Vuelve a acercarse a mí y besa mis labios. Los corrompe. Le muestro mi incomodidad y se separa para, más tarde, susurrar en mi oído:

-Te quiero.

Continúa con su sonrisa vacía y con una ceja levantada. ¿Qué espera? Sus facciones son demasiado suaves, sus ojos verdosos me taladran. Desea estrecharme entre sus fuertes brazos llenos de tatuajes pero yo me resisto. No aguanto más. En ocasiones creo que me volverá loca.

Me mira de nuevo a los ojos intensamente. Sus ojos son preciosos, inigualables. Almendrados y de un color que refleja la delicada combinación de tierra y naturaleza. Pero ella está presente entre los dos. Le retiro la mirada y encoge los hombros.

-Estoy en la ducha.

Emito un sonido que podría tomarse como un acuerdo y él desaparece de mi vista. Echo un vistazo a mi alrededor, a la estantería, y encuentro lo que busco.

Voy a nuestra habitación y la atravieso sin mirar el frío colchón para llegar a mi mesilla. Del tercer cajón de la mesita de madera saco una carpeta de plástico. Recojo todo su contenido y la dejo sobre la cama. Después me dirijo al estudio y cojo la pequeña papelera. Fantástico, está llena de papeles, pero no miro a mi alrededor. Temo encontrarme demasiadas cosas suyas. Dejo la papelera sobre la mesita del salón y también el contenido de la carpeta.

Ahora me dirijo a la cocina y busco en el cajón hasta dar con una pequeña caja de fósforos. De nuevo en el salón enciendo un par de ellos pero los soplo, tengo curiosidad por un papel que encuentro. Es una factura de una joyería. Un reloj de mujer comprado hace tres días. Prefiero no pensar nada sobre ello y rompo el folio para tirarlo a la papelera. Ahora sí, enciendo un par de fósforos y los tiro para ver como arden sus documentos. Me recreo en ellos durante unos segundos mientras de fondo oigo el ruido de la ducha. Después, cojo con parsimonia mis hojas. Recuerdos suyos.

Encuentro varias postales y cartas de los diferentes sitios donde ha estado de gira y dedico cinco segundos a mirar cada una de las maravillosas fotos para, más tarde, arrojarla sin piedad al fuego. Rápidamente, este las devora con crueldad.

Agarro en ese momento la letra de una canción y leo unas líneas:

I’m trying, I’m trying

To let you know how much you mean

As days fade and nights grow

And we go cold

Tan solo leo mentiras. Palabras que en su día quizá fueron bonitas; pero ahora no significan nada.

You strange as angels dancing

In the deepest ocean

Existing in the world

You’re just like a dream

Eso es lo que fue para mí una vez: como un sueño.

All that I am

All that I ever was

Is here in your perfect eyes

There all I can see

Otra vez ese adjetivo: perfecto. Le odiaba. Aunque tenía razón, siempre lo veía todo en mis ojos. Siempre he pensado que los ojos reflejan el interior de cada persona y eso es muy difícil de ocultar. Por eso son la parte más bella de los humanos.

Continúo leyendo intrigada, intentando descubrir más hipocresía en cada uno de los versos. Cuando me canso, suspiro y los lanzo a las llamas. Me levanto sin contemplarlo y me encamino a la estantería de la estancia. Agarro un álbum de fotos bastante pesado y consistente. Todos nuestros momentos. ¿Seré capaz?

 Me siento en el sofá de cuero negro con el volumen en mis manos. Paso las hojas poco a poco, mientras mis manos tiemblas. Fotos únicas y él, como siempre, jodidamente divino.

Sujeto una de nuestras fotografías. Nosotros y la Torre Eiffel, uno de los primeros viajes. La acerco al fuego y veo como se consumen nuestros rostros con una extraña mueca diabólica en mi rostro. A esa foto le sigue otra en una góndola en el Carnaval veneciano, otra en el Madison, otra en una fiesta de cumpleaños en Halloween, otra en un parque japonés rodeados de gente de ojos rasgados...

En todas ellas observo como las llamas van comiendo su rostro y cómo después devoran todo lo demás. Pero, esto no me produce el placer que esperaba. Aunque es gratificante.

Él sale de la ducha y llega al salón, alarmado por el olor a quemado. Me mira seriamente y su rostro se desencaja. Tan solo lleva una toalla que deja al descubierto su perfecto torso. No, rectifico, ahora para mí nada en él es perfecto.

-¿Qué... qué haces? Esos son nuestras fotos. ¿Estás bien? Desde hace días te veo diferente, creo que es el momento de hablarlo.

No quería hablar aunque quizá lo necesitase.

-No, escúchame, nada dura para siempre. Lo perdimos todo y para mí ya no eres perfecto. Lo siento.

-Nunca intenté serlo; te quiero. Eso es lo único que importa. Esto no es un final.

Sin hacerle caso recuerdo otro verso:

It’s a new dawn      

It’s a new day

It’s a new life

And I’m feeling good

Sí, es un final. Un nuevo amanecer y, por raro que parezca, me siento fantásticamente. Continúo a lo mío. Se acerca y me quita las fotos de la mano. Una lágrima traidora recorre mi mejilla.

-Solías ser mi héroe...

-Aún puedo serlo- suplica.

-Nada, escúchame- digo, llamando su atención- Nada hará que todo vuelva a ir bien. Nada volverá a ser jodidamente divino. No importa cuanto te esfuerces.

Demasiadas promesas rotas. Demasiadas veces sola y demasiado dolor. Demasiado tiempo en el que ella estaba presente.

-¿Qué vas a hacer? ¿Marcharte sin más? ¿Vas a abandonarme como si fuese un puto perro?

-Sí- susurro.

Agarra un portarretrato con la foto de nuestra boda, los dos sonrientes como nunca, y lo mira con nostalgia. Acto seguido, su rostro se enciende y estalla el cristal contra el suelo. Un montón de pedacitos caen sobre la moqueta como un corazón que acaba de romperse.

-¿Y qué demonios se supone que debo hacer ahora?

Miro a mi alrededor y agarro su sudadera negra preferida, aún huele a él. Aspiro su aroma cerrando los ojos. Él espera impaciente una respuesta por mi parte.

No le guardo rencor por haber destrozado ese portarretratos. Me acerco a él y  le abrazo fuertemente. Aparecen en mí nuevos sentimientos,  quizá un poco de compasión. Me taladran sus ojos verdosos y soy incapaz de aguantar a intensidad de su mirada, el sentimiento de culpa me puede. Va a decir algo pero sello sus labios con un dedo. No es necesario decir nada más, en parte, todo ya está dicho.

Enlazo nuestras manos y juego durante unos segundos con nuestros dedos, mientras permanezco con mi cabeza en su pecho.

Me alejo lentamente y mira lo que he depositado sobre la palma de su mano. La alianza brilla, una piedra azabachada rodeada de esmeraldas, nos hace un guiño como si fuese cómplice de un crimen.

Él no puede dejar de mirar la alianza a la vez que juega con ella y yo intento no mirarle, para que mis emociones no me traicionen y salten las lágrimas. Hago un amago de marcharme. Pasaré la noche con mi mejor amiga; pero su gesto pensativo de nuevo me detiene.

Me brinda una sonrisa rota y me tiende su sudadera negra favorita, seguro que hace fresco en la calle. Me la pongo despacio, absorbiendo su acaramelado aroma y besa mi frente mientras coloca la capucha.

Skeleton Crew’ se lee en el pecho. Eso es todo lo que somos. Un saco de huesos. Sacos de huesos que cantan, que aman, que lloran, que viven o que simplemente dejan pasar su vida por delante de sus ojos sin hacer nada para aprovecharla.

Mientras atravieso la puerta miro hacia atrás. Ahí continúa con su sonrisa rota, enarcando una ceja, gesto que las vuelve locas a todas.

Sinceramente, espero que encuentre a alguien tan especial como él, que sepa apreciar la joya que tiene al lado y pueda aguantar la vida que nosotros llevábamos.

Es todo tuyo, al final me ganaste. Apareces cuando menos lo esperas y destruyes la relación a tu paso. Con suerte unos pocos se salvan, los más fuertes. Pero nosotros no estamos dentro de ese saco. Ya no estamos ni siquiera uno al lado del otro. Rutina, cuida de él, es lo único que puedo pedir.

Ahora me doy cuenta de qué es lo que realmente estoy haciendo y por qué doy este paso tan sumamente importante.

Intento escapar de él y de mis recuerdos. He destruido parte de las pruebas de nuestro pasado. Él me ha impedido acabar con todas; pero, aunque no estuviesen materialmente, sería incapaz de borrar estos años. Porque es imposible borrar el pasado, ni escapar de él; es algo que aunque nos pese, siempre nos va a perseguir y va a formar parte de nosotros.

Porque un ser humano no puede vivir sin recuerdos, aunque intentemos sepultar los malos momentos, siempre quedan parte de ellos, los mejores minutos. Esos serían los que no podría sepultar nuestros primeros recuerdos.

Quizá olvide su nombre o, muy improbablemente, su rostro; pero sus caricias, sus besos o sus ‘te quiero’ formarán parte de mí hasta el fin de mis días.

 

 

Note to self: I miss you terrible. This is what we call a tragedy. Come back to me, back to me, to me.

NIKA

PASIÓN por la escritura: RAZÓN de mi locura.

Una sala. Mucha gente. Podría decirse que unas mil doscientas personas.

Miento. Menos. Quizá cien. Pero contar cuentos nunca se me ha dado bien a pesar de mi imaginación, imagínense como se me da contar personas.

Todos locos. Todos locos. Todos rematada y asquerosamente locos. Salidos de una mata que daba locos al crecer, en un huerto dedicado a cultivar locura, en una granja dirigida por un granjero que perdió la chaveta. Locos. Absurdamente locos.

 

Hay un hombre que fuma de una pipa, lleva un sujetador rosa en la cabeza y juraría que habla sobre la geometría de las gotas de agua en una taza de café; la taza obviamente llena de café. Y diréis – ¿Entonces cómo que la geometría de las gotas de agua?- Ahhhh!!! Se siente, ya dije que estaba loco.

 

Una chica rubia bate huevos sin cesar. Coge el huevo, lo golpea, lo vierte, lo bate. Coge el huevo, lo golpea, lo vierte, lo bate. Una y otra vez. Una y otra vez. Parece sensato ¿no? Sería así si no fuera porque se los echa en la cabeza tras batirlos. Al parecer dice que así es más rubia, es posible, es posible. Nota: Consultar con un peluquero.

 

Una morena ¡ays, vaya morena! Perfecta, preciosa, curvilínea, de ojos verdes, tez suave, manos cuidadas; vamos una joya…tanto que va vestida enteramente con cristales y jura ser hija de la luna. Otra gilipollas. Tanta belleza para tan poco cerebro.

 

-¿Pero qué es esto? No tiene sentido…-Bueno en realidad nada ni nadie lo tiene.

 

Un cerdo revolotea sin cesar sobre una alfombra roja que en realidad es verde, pero digo que es roja porque queda más elegante. Bueno, está claro que con un cerdo encima no es elegante, pero la cuestión es quejarse, ¿no? Quejicas, mal nacidos, insensibles!

 

Hay un orfebre sentado en una mesa, está amasando pan;  es posible que digáis -¿cómo demonios sabes que es orfebre si está amasando pan? Ay pues porque a mi me da la gana, para eso escribo yo esto; dije que metería un orfebre ¿no? Pues lo meto y ya está, que mira que os gusta sacarle los defectos a todo.

 

Ohhhh hablando de sacar defectos….hay un saca-defectos también en la sala. Si si, creo que hoy en día los llaman “mosca cojonera” en latín algo así como “tocapelotus du mierdis”; bueno entendedme, mi latín no es bueno, y mi manera de expresarme tampoco pero uhhhhhhhhhh…yo decido sobre cómo decir lo que en realidad no sé por qué narices digo.

 

Hay un hombre chillándole a un cuadro, creo que conozco ese cuadro; si de hecho creo que no lo conozco pero me hago el interesante. El hombre dice – Camaleón, cambia de color- y un niño que tiene al lado le replica – Pero señor, que esto es un cuadro, no un camaleón-. No si lo que yo os diga, que a los niños los toman por locos y son más sabios que nadie. Este niño en concreto no, porque sabe perfectamente qué es un cuadro y qué un camaleón, sólo que está metido en un jarrón chino gigante porque dice que se está cómodo. Ahhhhhhh! Descartamos genio como adjetivo apelativo para el niño. Ponedle otro….esto….loco, por ejemplo.

 

Hay un poeta. Eso dice él, que es poeta. Él se baja la bragueta y recita. Yo sinceramente creo que está como una cabrá, con acento en la a final para darle énfasis; aunque el sombrero de copa verde le queda genial. Creo que está más que un poco chalado, pero sólo un poco más. Después de recitar se mea encima y dice –olé, se acabó-. No sé ¿qué opináis?

 

Hay una florista poniendo sellos a las plantas que cultiva. -¿Sellos?- Si sellos, leches, que te tengo que explicar todo. He dicho sellos, escribes sellos y ahora mismo te explico por qué demonios los pone. -Vale, pero a mi no me hables así. Un poquitín de respeto. En fin, dejadla; mi mente que a veces se altera porque cree que no la hago mucho caso (y quién le hace caso hoy en día a la cabeza?). Vamos a ver…-Ahora atiende, que para algo te lo cuento…Pone sellos porque dice que va a enviar todas las plantas a la luna, dice que la ve desértica perdida, y paliducha, muy paliducha. La podrían explicar que es como blanca así grisácea pero esta gente no sabe explicar; y si a la pobre mujer le hace ilusión mandar plantas a la luna pues que las mande. Está como un cencerro, qué le vamos a hacer.

 

Hay una pareja de ancianos sentados en un montón de libros. Parece que reman, de hecho creo que reman. Ya me habréis pillado el truco y diréis –Fijo que no usan remos- EXACTO! Vaya lectores más inteligentes y sensatos. No, para nada usan remos; usan mapas mundi claro. Si te lanzas a la mar, ahí a la aventura con el oleaje, por el amor de Dios, lleva un mapa y úsalo como remo. Bueno vale, en este caso no están en el mar; pero si tenéis narices decídselo vosotros, fijo que os arrean con el mapa y os llaman tarados.

 

Hay un niño con una pluma de gallina y un tintero sin tinta. -A lo mejor es tinta invisible- diréis….Pero ¿Estáis locos? ¿Desde cuando existe la tinta invisible? Nah, el niño se ha quedado sin tinta y fuera…Aunque creo que escribe, o al menos parece rasgar la mesa –Le van a echar una bronca por rayar la mesa que lo flipas. -Ya ¿y?

Escribe se ríe y para.

 

 Mira hacia atrás, sigue escribiendo y se para justo ahora.

 

Escribe y para. Mira, ahora va a parar otra vez.

 

Sigue escribiendo, pone una coma, enlaza oraciones y abre dos puntos:

No hay mortal que sea cuerdo a todas horas”

FIN.   -¿Ya? ¿Ya has acabado? Pues vaya... -¡Cállate ya, pirada!