Blogia

Rincón literario

Nos cambiamos a blogspot.

Bueno, llevábamos bastante tiempo pensando en cambiar el blog, porque blogia nos da bastantes problemas y suele ir muy lento, así que nos hemos hecho una cuenta de blogspot y a partir de ahora nos podreís encontrar aquí:

http://nuevorinconliterario.blogspot.com

De todas formas, aunque no actualizaremos más en este blog, lo dejamos abierto para que podáis leer nuestras entradas antiguas.

 

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Y muero

 

Es olerte,

Y me provoca el verso.

Es arte,

Y se me vuela el viento.

 

Sin tocarte no existes,

Remolino.

Sin tocarte.

 

Sin verte se hace eterno,

Desaliento.

Sin verte.

 

Sentirte es vida,

Y no puedo.

Sentirte.

Y muero.

 

 

Guille

 

2

De los pies surgirá una mano,
de la mano un brote,
del brote una flor.

De tus ojos volará un ave,
sangrará una hormiga,
morirá un león.

Jamás el iris del arco
ni del corcho el tapón.
Jamás la muerte, jamás,
Jamás el punto y final.

Un pueblo antiguo nos ocultó
los secretos inmundos de las orugas
nosotros ya no podemos comprenderlo

ya no sabemos

que tras la palma y el cuenco
hay una sombra de risa
y sobre ella una ermita
y en la ermita no hay nada.

Sólo un puñado de muertos
y una pluma afilada.

Nuria

Heritier du 27.

El eco de sus pasos resuena en mis entrañas. Es un gigante.

Es el alma engrandecida que ensordece el murmullo de mis voces.

Camina decidido, aún sintiéndose dudar al fondo de ese pasillo…tras esa puertecita oscura que alguien llama “Recuerdo”.

 

-He de sentir miedo- pensé. Y lo siento.

 

Hay en sus dedos cierta magia cual locura.

En el seno de sus labios se crea la palabra prodigiosa. La palabra exacta. La palabra precisa.

De sus venas mana el arte en ríos atormentados.

Su mente, dicen, es un reguero de luz.

Del corazón…

Del corazón se hizo un ensayo inconcluso. Un cuento de esos que el poeta no supo terminar. –Aún queda tiempo- pensaría Él.

 

Un coro de grillos canta tras su estela. Cientos de almas le observan, quizá absortas. Quizá.

Se respira humo en el ambiente. Humo denso. Humo verde. Quizá verde.

Humo fragmentado en pensamientos.

-Quién hilvanaría ahora un verso, a su sombra…-

 

A la sombra de un grande. Mis ojos se cierran.

 

El deseo de huída a veces crecía.

 

Sus ojos parecían ausentes, perdidos en ese mundo que sólo Él conoce.

Ese mundo de Ideas. Ideas con mayúscula; porque sólo esa clase de luces iluminan el mundo que reposa en los estantes.

 

Sonríe. Se sonríe.

 

La sala permanece atestada, pero no más que un alma que late acelerada en sus insignificantes ideas, en un tic-tac que marca el rumbo al estallido.

-¿A quién le importa lo que yo piense, lo que yo tenga que decir y quizá gritarle al mundo?-.

 

Mis manos se aferran a sus palabras encuadernadas. He recitado su obra mil veces. Y lo peor, cruel castigo divino, deliciosa herida….que también la he sentido.

 

He padecido de sus manos, no sólo el dogma…sino la caricia. Le he sentido tan real, tan cercano…

 

Y ahora mírenle. Miradle. –Está tan lejos…-.

 

En el fondo conozco a ese gigante. Gigante. Gigante. Gigante.

 

En el fondo creo adivinar súbitamente lo que piensa. Lo que siente. O quizá no. –Cuánta duda-.

 

Cómo acercarme. Cómo hablarle. Cómo decirle. –Cuánto miedo-.

 

En el fondo, a veces pienso que es tan sólo alguien más, que corretea por el mundo como yo…en busca de esa Vida. Vida con mayúsculas, porque sólo la plenitud puede convertirse en lema.

 

Es un heredero del 27. Un hijo de la gran puta que fue la poesía, en los tiempos en los que esa Virgen vestida de letras fue prostituída o censurada.

 

-¿Qué pretendo? No lo sé-. Y esa sombra cada vez se hace más grande. Y su estela…su estela cada vez más seguida.

 

Y yo sólo soy, lo que los límites que me puse me dejaron ser. A su lado, eso poco no será nada.

 

-Quizá debas resignarte- dice una voz lejana a la mía. O quizá fuera yo.

 

Vuelve a mí ese verso. Un verso de una palabra…bonita sí, pero amarga.

 

-Pequeña.-

                     

Como un niño en busca del guiño de su ídolo. Así soy a su vera…

 

Y el que se anunciaba que sería grande, fue Gigante.

Y sus pasos se fueron; con su eco, como dije, resonando en mis entrañas.

 

Porque hasta sus palabras, sin quererlo, parecían hablar de lejanía…De esa lejanía que hay entre el suelo y el cielo, de ese abismo estúpido que yo creía ser la única que imaginaba existir, entre dos mundos de letra y dulzura, de amor y locura, de dolor y belleza…de tanto.

 

Y Él fue –tanto-, y  yo me sentí –tan poco-.

                                                                                  

Pero ¿y ahora?

Y ahora que comienza a brotar en mí una tímida llama, una escuálida lumbre que acecha a esa sombra amenazándola con el fin.

Y ahora que ese fuego, tímido, empieza a surgir levemente…y anuncia arder tanto, arder tan alto…como esa madeja de lenguas que es el Sol…

Y ahora, que quizá, quizá y sólo quizá, deba temer de mi una llamarada que haga tambalear el reflejo que aún, sin querer y sin saber, me veo.

Y ahora…y ahora que empieza a haber tanto brillo en mis ojos y tanta esperanza destellando como una sonrisa que centellea, desde el cielo, tendiéndome una mano para que suba a ver el mundo desde las nubes.

Y ahora…y ahora que mi estela empieza a hacer carreras de luz con sus ojos…

 

-¿He de sentir miedo?- pensé –Quizá no -.

 

Esa luz. Esa luz de vela… iluminaba poco a poco la zona de la sala en la que permanecía observándole.

 

Quizá esa luz…no sea Gigante. Pero porque quizá, esa luz mía…luz tímida, luz de vela…no se pueda medir…

 

 

El eco de unos pasos resuena ahora en Sus oídos.

 

 

Y ese día, los ojos del poeta parecieron temerosos….

 

 

 

Caracola

Un pueblo pequeño, blanco, rodeado de montañas. El sol brillaba sobre él como un espejo hiriente, y el resto era verde.
Era curioso su nombre, Caracola, como aquellas oquedades marinas que escondían olas invisibles en su interior. Sin embargo, a nadie que lo hubiera pisado le parecía un nombre extraño, sino el único apropiado para tan peculiar lugar.
En Caracola, en cualquier rincón, desde lo alto de la torre de la iglesia o bajo los juncos del río, se oía el mar. Olas retumbando contra las casas, espuma deshaciéndose en las calles.
El mar.
Por supuesto, nadie jamás vio el mar en ese pueblo.
Como una caracola. Una caracola gigante que guardaba un mar invisible en su interior.
Los habitantes de Caracola eran en sí mismos marineros frustrados. Ya fueran agricultores, ganaderos, borrachos, panaderos, curas, ladrones o ricachones sin ocupación, todos soñaban con el mar. No añorándolo, no esperando verlo algún día. Era mucho más seguro escucharlo, sentirlo cercano, mientras realmente se encontrara lejos, tremendamente lejos, donde no pudiera alcanzarlos. Eran, pues, marineros que temían al mar, aunque necesitaran sentir sus latidos cercanos, sólo eso, el rugido de un enorme monstruo que no podía hacerles daño, pero que existía en algún lugar.

Nuria

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Entre los barrotes.

Soñaba al ritmo de los truenos
Y la lluvia cubría sus huesos.
Sabía de lágrimas insípidas,
Y de ciudades inmensas e invisibles.

Entre los barrotes recordaba tantas cosas

Una figura pequeña, al borde de un abismo
Y mejillas que eran mundos
Y mundos que eran ciruelas.
Las tardes de verano repartían sus pasos,
Las hojas crujientes, los ojos dormidos.

Entre los barrotes recordaba tantas cosas

Una noche el Sol se apagó para siempre
Y su corazón aprendió a temblar estrellas.
Noche infinita entre barrotes de oro,
Ardor terrible, al ritmo de los truenos.
Su corazón era un juguete pequeño,
Su alma un tembloroso manto de estrellas.

Entre los barrotes sentía demasiadas cosas.

Un millón de estrellas fugaces
Contra su cárcel de amor.
Un rayo parte la noche,
Un dos sin uno, un dos sin dos.
Los barrotes saben más fríos si no se comparten
Tan sólo dos manos contra el acero
Dos manos sin alma, dos manos sin Sol.

Entre los barrotes imaginaba
que el Sol deshacía su cárcel de amor.

Nuria

UN POETA ¡DE 2º ESO! Cristhian Fernando López Cabezas.

Os pregunto a muevo escritor que con sus pocos años es capaz de escribir estas cosas. Una verdadera pasada

Vicente

 

 

Que Quieres Que Le Haga

 

Querido amigo, que puedo yo hacer,

Si a los únicos ojos que siempre veo,

Siempre me saludan y ven solo a otro,

Pues estos ojos solo a ti te pueden ver

 

Dime que quieres que le haga yo,

Si su belleza me tiene enamorado,

Su personalidad me tiene enganchado,

Y en su corazón me tiene encerrado.

 

Explícame que es lo que yo siento,

Antes de que cometa una locura,

Como expresar este sentimiento,

Que en mi corazón siempre perdura.


Cristhian Fernando López Cabezas

 

Madrid en el Siglo de oro

 

Os invito a ver otro mundo, venid,

Y veréis la hermosura de Madrid,

Sus calles brillan con la luz del día,

Pues así era, hasta que anochecía

.

En la plaza mayor, tras un fuente,

Y en ese taller, de luz reluciente,

Un vendedor, sin temor rezaba,

En la iglesia, con su bella dama.

 

Un poeta habría su mayor sentimiento,

A cual hermosa dama, del ayuntamiento,

Entre las calles luminosas paso un carruaje,

Y salio un conde-duque vestido de traje.

 

El mejor pintor retrato a la dama,

En su lienzo observaba cada pincelada,

Que pintaba siempre con simpleza,

Viendo frente a frente la belleza.

 

En este  siglo de oro,

Vestido con sus palabras,

Y teñido con sus pinturas,

Era el oro del siglo de oro.

 

 Cristhian Fernando López Cabezas.

Sola

Cuando se van, cuando se alejan en bandadas, llevándose consigo el calor, el jolgorio y la alegría, tan sólo queda una pequeña figura rodeada de retazos de momentos, de instantes inconclusos en el tiempo. Todos ellos, amigos, colegas o compañeros intermitentes de juergas, tal vez, tienen a alguien con quien regresar; mientras que ella acaba, como siempre, perdida entre los brazos de su eterna compañera, la atronadora soledad.
Suele preguntarse, en estas madrugadas mezquinas de azufre y llanto, qué fue lo que la llevó a su situación actual. Supone que la culpa fue del momento en el que decidió dejar de sentir. No pretende que nadie lo entienda, pues dejar de sentir no es una decisión que se tome todos los días, como elegir el postre o girar a la izquierda o a la derecha. Tampoco es, como muchos piensan, dejar de estremecerse al escuchar una canción, de sonreír en los días soleados o de vibrar con cada retumbante trueno. No, dejar de sentir es más complicado que todo eso.
Sucedió que un buen día decidió cortar su corazón de un solo tajo, sin miramientos, para luego arrojarlo muy lejos, donde ya no pudiera oírlo. Fue entonces cuando dejó de sentir, cuando dejó de amar. Para cualquier persona que haya gozado alguna vez del amor esta idea probablemente le resulte una auténtica aberración, el delirio de un demente; tan terrible les es esa idea como a ella la de resignarse a continuar amando en un corazón casi aniquilado por tantísimos remiendos. Desde su punto de vista, dejar de amar era la manera más sencilla de sobrellevar su existencia.
Ahora, sola con el eco de sus pasos, trata de recordar el por qué de sus desdichas pasadas. Hace años que no siente más que un vacío hueco en su interior. No siente ningún tipo de apego hacia nadie en particular, pero se encuentra completamente libre de los horribles llantos, las interminables noches sin dormir, los suspiros anhelantes que la acosaban en el pasado. Le sorprende, es verdad, como siempre le ha ocurrido, observar cómo el resto de la humanidad parece encontrar en el amor un sentimiento maravilloso, el mejor de los estados, la felicidad que completa sus vidas. Quizás esa sea la diferencia entre ella y el resto del mundo, pues sus recuerdos del amor son los más hirientes, los más angustiosos que un alma pueda albergar. Era ardor y era tormenta, eran huracanes. Y no los resolvía nadie más que el llanto, el tiempo, y un nuevo zurcido en esa máquina de los horrores a la que llaman corazón. Era tortura inyectada en vena; no un arcoíris, ni mariposas, ni ninguna de esas naderías que tantas veces le habían descrito.
Su vida es mucho más sencilla, infinitamente más tranquila desde que tomó su decisión. Sin embargo, la soledad eterna deja mucho tiempo para pensar, y en estos momentos sus pensamientos rebuscan en los recuerdos de sus desgraciados amores, como si en ellos vieran una fuente de esperanzas. Sí, puede que fuera más sencillo todo, pero el frío en el pecho, el rincón vacío que debiera estar latiendo y encendiendo pasiones absurdas, hace que se pregunte si no hubiera merecido más la pena seguir sintiéndolo, aunque fuera dolor en estado puro, aunque la consumiera viva. Porque al fin y al cabo, las pasiones eran el motor del mundo, y el amor, aunque no fuese perfecto, lo que asesinaba a la soledad. Porque quizá, tras todo ese sufrimiento, algún día podría haberse encendido una pequeña luz de esperanza.
Al fundirse las madrugadas en vela y comenzar a brillar el sol de la mañana, la soledad, ovillada siempre en el centro de la habitación, la pregunta qué le apetece hacer ese día. Hoy, mientras palpa la cicatriz invisible de su pecho, tiene muy clara su respuesta.
- Hoy…hoy me apetece morirme de amor.


Nuria

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