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Rincón literario

Diferencias

 

 

 Las lágrimas se deslizan lentamente desde mis ojos hasta las comisuras de mis labios. El llanto me impide respirar con normalidad. A pesar de que no pude hacer nada para evitar la desgracia, un sentimiento de culpa me desgarra las entrañas. El dolor invade cada rincón de mi ser, sin querer irse, o lo que es peor, sin que yo quiera que se vaya. Cualquier persona desearía que el mal que provoca la pérdida de un ser querido desapareciese lo antes posible, pero no es mi caso, siento que si dejo que el dolor desaparezca habré perdido un recuerdo más de mi amigo. Mi verdadero amigo. Su nombre era Roque. Nos conocíamos desde que éramos unos críos que aún corrían en pañales imaginándose que eran superhéroes de dibujos animados. A pesar de la pena, no puedo evitar una ligera sonrisa al recordar aquellos momentos inocentes, pero la momentánea felicidad no puede hacer frente a la angustia que me provoca el pensar que ya no podré revivir más esos momentos. Pues mi amigo está muerto. Muerto. Aún se me hace extraño usar este adjetivo para describir a mi mejor amigo. Continuamente mi mente me traiciona diciéndome que Roque aún vive y que en cuanto vuelva a casa, mi móvil sonará con él esperando al otro lado de la línea. Pero es absurdo, su ataúd está pasando delante de mí, cargado sobre los hombros de su padre, su tío y algunos amigos de su familia. Miro al impasible cielo azul bajo cuya bóveda me siento atrapado preguntando a mi amigo Roque, donde quiera que esté, porqué hizo aquella tontería. Pues murió por no saber convivir. Por no saber convivir con otras personas, con otras culturas, con gente semejante a cualquiera de nosotros.

 

Hace seis meses comenzó la historia que ahora termina con este trágico final. Comenzó con un hecho de lo más normal actualmente en cualquier instituto. La llegada de un alumno extranjero. En este caso se llamaba Said, y era de origen árabe. Roque había odiado siempre al extranjero, muchas veces le había preguntado el porqué, pero él nunca me había sabido dar un respuesta justificada.

Porque es negro decía algunas veces, o porque es moro

decía también. Ninguna de esas respuestas justificaba el odio que sentía hacia ellos. Pero como sólo se limitaba a odiarlos e insultarlos a sus espaldas, nunca me había preocupado que pudiese hacer una locura. Nunca lo había hecho hasta la llegada de Said.

 

Desde el primer día que Said llegó a clase, Roque no volvió a ser el mismo. Daba la casualidad de que en nuestra clase no había ningún alumno extranjero. Pero cuando Said llegó, Roque sintió que su territorio, su círculo social, había sido invadido, profanado. Desde ese día cambió completamente. Se convirtió en un completo desconocido, y no sólo para mí, sino para todos los demás, incluidos sus propios padres. Poco a poco le fue haciendo la vida imposible: le ponía zancadillas, lo empujaba en los pasillos, le robaba los deberes. Yo le pedía continuamente que lo dejara en paz, pero el odio lo cegaba. Ese odio sin razón que nublaba su mente lo había separado del mundo real. Sólo pensaba en hacer daño a Said. Me enteré de que el pobre muchacho había empezado a ir al psicólogo y entonces me dije a mí mismo que tenía que tomar cartas en el asunto. Me empezaba a dar igual que Roque fuera mi mejor amigo, no podía permitir que siguiera hiriendo al pobre chico porque le diera la gana. Además, ése no era mi viejo amigo, ahora era la sombra de lo que fue. Así que un día me decidí, me dirigí a Roque en un cambio de clase y le dije seriamente:

 

- Tienes que parar esto.

 

Me miró incrédulo, cómo si no supiera de qué le estaba hablando.

 

- ¿Qué tengo que parar? -me preguntó en un tono chulesco que no le pegaba nada.

- Lo de Said -le aclaré sin apartar la vista de él.

- Ah, lo del moro -dijo, ahora sonriendo- se lo tiene merecido.

- ¿Pero qué dices? -dije sin poder creer lo que oía- ¿Te estás oyendo?

- Pues claro que me oigo, es un moro de mierda. Todo lo que le haga es poco.

- Pero dime, ¿qué te ha hecho él a ti? -le pregunté intentando controlar el tono de voz.

- Existir -me quedé de piedra, no podía creer lo que había dicho- ese moro nos ha contaminado. Qué asco.

- Estás gilipollas -le dije a la cara- no me gusta decir esto, pero todos pagaremos por nuestras faltas. Y tú, tú pagarás por todo lo que estás haciendo.

- El que está gilipollas eres tú -soltó una carcajada- anda, ¿por qué no vamos a dar una vuelta el viernes? Además, tengo una sorpresa.

- No, -le contesté rotundamente- no quiero que me vean con un desgraciado que le hace la vida imposible a otras personas porque le sale de los huevos.

 

Entonces me levanté de la silla y volví a mi sitio. ¿Cómo había podido cambiar tanto Roque? ¿Cómo que Said se merecía todo eso por el simple hecho de ser moro? Roque había perdido la cabeza, se había vuelto completamente loco. En esos pensamientos estaba yo cuando el profesor de Sociales entró en el aula y comenzó a impartir su asignatura. Intenté concentrarme en la clase y dejar a un lado la tensa conversación que había tenido con Roque, mas fue imposible. Sus violentas y macabras palabras se colaban en mi cabeza sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Cuanto más me esforzaba por olvidar la conversación, más palabras venían a mi mente. También me llegaban imágenes. El rostro de Roque riéndose como si nada mientras hablábamos de un asunto tan serio me revolvía las entrañas. Estaba empezando a desear que la mañana acabase y poder volver a mi casa para descansar y despejarme la mente. Intentar olvidar todos los problemas aunque fuera por unos momentos.

Y al fin, tras una agotadora jornada, la esperada campana sonó anunciando el final de las clases.

 

Tras la comida, corrí a mi habitación, cerré la puerta y me tumbé bocabajo en la cama. Esperando que, al cerrar los ojos, la oscuridad me ayudase a dejar la mente en blanco y poder descansar de una vez. Paulatinamente, el sueño se fue apoderando de mí y, afortunadamente, haciéndome olvidar el motivo por el que me sentía así. No fue un sueño placentero, pero al menos había pasado dos horas sin pensar en nada, y eso me confortaba más que dormir bien. Y siguiendo esa misma rutina, la semana fue pasando. Pero llegó un momento en que esa marcha de días se paró. Había llegado el viernes.

 

Esa mañana no llegué al instituto con la pesadez que era costumbre en mí, sino con cierta incertidumbre. Roque me había propuesto quedar con él por la tarde argumentando que tenía preparada una sorpresa para mí. Y era eso precisamente lo que me provocaba esa incertidumbre. El no saber a qué se refería. El nuevo Roque era totalmente impredecible, esa supuesta

sorpresa

podía ser cualquier cosa, cualquier paranoia. Y no me gustaba el tono con el que lo había dicho. Intuía que lo iba a disfrutar él más que yo. Y eso no era nada bueno. Y aún menos, tratándose de Roque. La mañana se me pasó muy rápido, algo insólito en mí. Volví a casa con una extraña sensación que me decía que debía preocuparme por algo, pero ¿el qué? Hice caso omiso de esa sensación y como era viernes, después de comer, en lugar de hacer deberes aproveché para jugar al ordenador. A medida que la tarde iba avanzando la sensación se hacía cada vez más intensa. Aunque, la verdad, tenía bastantes ganas de seguir en el ordenador, algo me decía que no debía estar haciendo eso, sino otra cosa, algo mucho más importante. Y entonces una palabra vino a mi mente haciendo que todo encajara. Said. Apagué el ordenador a toda prisa y cogí mi chaqueta. Abrí desesperadamente la puerta de la calle y eché a correr. Nunca en mi vida había corrido tan rápido, ni siquiera sabía que podía hacerlo. Pero ahora esas tonterías no importaban, la vida de alguien estaba en peligro. Corrí hasta que me faltó aliento para seguir y caí de rodillas en el suelo. Una mujer se acercó preocupada con la intención de ayudarme a levantarme. Pero en un segundo me incorporé y sin mediar palabra retomé la carrera. Y al poco rato lo vi. Ahí estaba Roque. Caminaba entre la gente desenvuelto, portando en su rostro una sonrisa de oreja a oreja. Dirigí mi mirada hacia donde él dirigía la suya. Al otro lado de la calle estaba Said. Y entonces comprobé que no me equivocaba. Seguí de cerca a Roque intentando que no se percatase de mi presencia.

 

El lugar en donde nos encontrábamos era una plaza en la se concentraban varios comercios, aunque debido a que aún no había acabado el invierno no había mucha gente rondando por el lugar. Said empezó a caminar en dirección a Roque sin saber en donde estaba a punto de meterse. Yo les seguía con la mirada en la distancia. Cuando se encontraron, Roque lo saludó como si fuera un amigo de toda la vida, pero a Said le cambió por completo la expresión de la cara, y cuando vi que se encaminaba con Roque a su espalda hacia el Callejón, comencé a andar detrás de ellos. Llamábamos a ese lugar el Callejón, con mayúscula, porque todas las noches se llenaba de porreros y drogadictos, y al final se había quedado con ese nombre para identificarlo y diferenciarlo de las demás callejas. Era un lugar desagradable, lleno de jeringuillas, litronas de cerveza rotas y condones usados, por lo que la gente evitaba pasar por ahí. Eso lo convertía en el lugar idóneo para hacer algo que no deseas que salga a la luz. Y era exactamente lo que buscaba Roque.

 

Empujó a Said contra la pared y acto seguido sacó una navaja de un bolsillo de su chaqueta. Entonces, hice rodar una botella de cristal que me delató. Esperaba que Roque se pusiera hecho una fiera y me atacara, por lo que me tensé preparándome para una inminente pelea. Pero no fue así, en lugar de eso me miró con expresión de satisfacción.

 

- Al final has venido -dijo contento- verás que bien lo vamos a pasar.

 

Y antes de que pudiera reaccionar se abalanzó sobre Said alzando la navaja dispuesto a rajarlo. Su cara ya no era la de mi viejo amigo Roque. Había adoptado una expresión macabra, llena de odio pero a la vez divertida. Realmente la escena era espantosa. Said no se había movido de su sitio mientras veía como su vida pronto llegaría a su fin. Eso al menos creía yo, porque en el último momento sujetó a Roque por la mano en que sostenía el arma. El miedo me había paralizado, no podía moverme, ni siquiera apartar la mirada de semejante lucha. Hubo un forcejeo y entonces

Sangre. Unas gotas de sangre cayeron al suelo. Mi corazón se aceleró. Los dos contrincantes se detuvieron. Said comenzó a andar hacia atrás alejándose de Roque con cara de pánico, quien sostenía la navaja clavada en su abdomen. Su rostro reflejaba miedo, dolor, ira pero no hizo nada. Me miró y, se desplomó en el suelo. Muerto. Una anciana que pasaba cerca contempló la escena y comenzó a gritar. Al momento el lugar se llenó de cotillas, de personas con chalecos amarillos que inspeccionaban el cuerpo inerte de Roque. Entonces llegaron otros que cubrieron su cuerpo con una especie de papel dorado. Perdí de vista a Said. Tan sólo podía seguir contemplando el bulto que había bajo ese papel. Recuerdo que también había luces azules y naranjas. Mucha gente hablando sin parar. Pero esa parte está muy borrosa en mi memoria. Supongo que ya os imagináis lo que ocurrió después. Llevaron a Said a un centro de menores por asesinato en defensa propia y, a mí me recomendaron acudir a un psicólogo. Y ahora me encuentro en el cementerio, en el entierro de mi amigo Roque. Puede que esto tan sólo sea el relato de una tragedia anunciada. Pero ojalá pueda servir para que aprendamos a convivir aceptando y respetando nuestras diferencias, y así evitar desgracias innecesarias. Porque las diferencias no existen, las creamos nosotros.

JEsús G. L.

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3 comentarios

Guille -

Qué bueno! Es algo por lo que realmente merece la pena luchar
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Nuria -

Me gusta muchísimo, la pena es que realmente ocurran situaciones parecidas.

Vicente -

Una buena radiografía del odio, que , lamentablemente, no sólo se ve en la literatura
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